¿Porqué se acepta sin reparos el estado de excepción?

Ciudad de México 5 de abril 2021 • Carlos Prigollini

El Covid 19 instaló una serie de restricciones a la libertad que se resume en estados de excepción.  Te multan por salir a las calles, o por pasar de un Estado a otro, así como también por el hecho de no usar el cubre bocas. Si eres reincidente corres el riesgo de ir a la cárcel.

Sumado a la quiebra de pymes, emprendimientos, cierre de bares, restaurantes, espectáculos públicos y la terminante prohibición de todo tipo de reunión masiva o de más de tres, cuatro personas, es obvio que las condiciones del capitalismo salvaje devienen en un capitalismo vigilado o Estado de excepción.

Desde el 16 de marzo del 2020 el planeta Tierra se cerró, aparentemente por 30 días, posteriormente se amplió el encierro restringiendo movimientos y criminalizando el libre ambulantaje de las personas. En nombre de la ignorancia se improvisan nuevas medidas como el toque de queda, por varias horas o días enteros. El Estado no se responsabiliza por el deterioro masivo de la economía como tampoco por los miles de desocupados que son producto de las políticas públicas aplicadas por gobiernos qué, en su mayoría, han optado por restricciones sin ningún rigor científico para enfrentar la pandemia.

En diferentes clases sociales aumentan los casos de violencia doméstica por golpes de los padres a los niños o a sus esposas, razón por la que también aumentan los feminicidios.

Tal como sostiene el virólogo argentino Pablo Goldschmit “es cierto que el Covid existe, pero también es cierto que se difunde con el mayor de los temores, para quitarte el 80% de tus libertades”.

Es decir que el sistema pretende acostumbrarnos de una vez por todas, a tener menos libertades y derechos.

 Las familias humildes son víctimas más sensibles de estos encierros, por el hacinamiento en el que conviven, aumentado por las necesidades económicas que no les permite salir para conseguir los alimentos de la familia. Los niños son víctimas directas del encierro, al tener los colegios cerrados, no conviven con sus pares evitando la necesaria e imprescindible socialización escolar. Consecuencia de ello y de la creciente deserción escolar, se incentiva la ignorancia y el abandono de primarias, preparatorias, universidades y centros de enseñanza, como nunca se ha visto. En el plano laboral se profundiza la uberización (trabajo en casa sin derechos ni beneficios sociales) de la economía ya que el tele trabajo impone sus reglas para los privilegiados que tienen computadoras.

La falta de consenso entre los científicos ahonda el desconcierto, dónde la incongruencia de la OMS, médicos en general y la improvisada clase política provocan la desazón de las mayorías que no ven alcance o solución a sus problemas. Por consiguiente, la ignorancia y la perversión se profundiza cada día más con las llamadas fake news, en la que un grupo inescrupuloso de pseudo periodistas no solo no cuestiona este colapso, sino que se reafirma con noticias y estadísticas falsas que prefabrican el miedo para posteriormente desembocar en el pánico generalizado.

El patético papel de los medios de comunicación no deja de repetir constantemente cifras magnificadas de contagios y muertos por el Covid, para cundir el pánico en una población que cada día más atemorizada salga a llenar los supermercados en busca de víveres y otros alimentos básicos, llegando al ridículo de acusar al prójimo por cualquier eventualidad que impida su objetivo inmediato.

Ha pasado poco más de un año, llegaron las vacunas y muchos creían que era la salvación anunciada (según la OMS y otros falsos agoreros del régimen). Sin embargo, observamos que los mismos que nos llevaron a este desastre hoy se convierten en grandes filántropos de la ciencia y nos administran de manera restringida las vacunas, que más allá de su dilatada llegada, empieza a ser cuestionada por los propios médicos y científicos de una dispersada comunidad.

Pero a pesar de todo este mar de contradicciones, llama profundamente la atención la aceptación de todas estas medidas que aportan a un Estado de Excepción, limitando seriamente nuestras libertades por decreto. ¿Por qué razón los mismos Estados gobernados por la izquierda aceptan sin cuestionamiento alguno una serie enorme de restricciones y límite de libertades? Es evidente que faltan nuevos activistas y militantes que sigan la estela de Julián Assange y Edward Snowden para exponer la pésima utilización de cuarentenas, encierros y otras medidas que restringen nuestras libertades.

También resulta llamativo la incuestionable credibilidad que las grandes mayorías tienen sobre un miedo prefabricado para beneficio de unos pocos. Esos pocos que son los que nos metieron en este colapso planetarios y hoy resulta que son los mismos qué ganan millones con las vacunas salvadoras. 

No cabe duda que el pánico generalizado es una buena salida para ellos, para poder de esta manera y a través de este capitalismo vigilado, seguir sometiendo a la población, mientras simultáneamente continúan enriqueciéndose, expropiando las empresas de los demás, fomentando la usura y el empobrecimiento e ignorancia de las mayorías.

En medio de esta dictadura sanitaria, resulta más sintomático todavía, el silencio de la izquierda mundial, que lejos de cuestionar y aportar soluciones a la coyuntura, son más papistas que el papa, en aplicar con extremo rigor las incongruentes y nefastas medidas que la OMS y los grandes capitales imponen a su antojo.

¿Por lo tanto, porqué se acepta sin reparos este Estado de excepción?

Porque la clase política- me refiero a progres e ¿izquierdistas? – está en una zona de confort, devengando sueldos millonarios, y llamando al mismo tiempo a sus bases a la desmovilización total, en nombre de la sana distancia. Estamos sin duda ante la frivolización de la política, dónde impera el “sálvese quien pueda y aquellos que supuestamente son “tus representantes” se ocuparán de tu pellejo sólo cuándo necesiten tu voto.

También es válido resaltar que muchos ex militantes e intelectuales han padecido de cierta pereza intelectual, abonando a diferentes ideas o creencias que poco tienen que ver con “la pobre inocencia de la gente” (dixit León Gieco).

Mientras tanto, la mayoría de la población acentúa sus preocupaciones en cuánto a la canasta básica, el trabajo necesario y la constante e incesante inflación que devalúa el poco dinero que tienen.

Necesitamos imperiosamente una reorganización de abajo hacia arriba, ser auto gestores a través de micro emprendimientos colectivos, cooperativas de trabajo, comités de manzana, asambleas de barrio, que nos permitan tomar nuestras propias decisiones, al margen de la clase dirigente.

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