Energía y ambiente: Armas geopolíticas imperiales

Margaret Thatcher lideró la farsa del calentamiento global antropogénico

Argentina, 2 de noviembre de 2021 Guillermo Hamlin En Glasglow, Reino Unido, a partir del 31 de octubre de 2021, se celebrará la COP26, la cumbre climática convocada por la ONU a través de su organismo especializado, el IPCC,  como lo viene haciendo desde su fundación en 1988.

¿Qué es el IPCC? El Panel Intergubernamental de Cambio Climático es un organismo dependiente de las Naciones Unidas, y según lo publicado en su sitio oficial www.ipcc.ch “el objeto del organismo es proveer a los políticos y a otros que toman decisiones con información objetiva sobre el cambio climático. El IPCC no conduce investigaciones ni monitorea parámetros climáticos. Su rol es el de evaluar…toda la literatura producida en todo el mundo, que sea relevante para la comprensión del riesgo climático inducido por el hombre…”.

Podemos observar desde ya, que el IPCC, parte desde el inicio de su funcionamiento y en la definición de su rol, de una conclusión previa: “el cambio climático inducido por el hombre”.

Otra observación llamativa es que el IPCC “no conduce investigaciones”, sin embargo, a partir de su dependencia funcional de la ONU, es considerado como la autoridad científica sobre el tema.

Su tarea consiste simplemente en evaluar…”toda la literatura producida en todo el mundo que sea relevante para la comprensión del…cambio climático inducido por el hombre.” Es decir que toda literatura que investigue otras causas para el fenómeno del cambio climático, será considerada irrelevante para el IPCC, no será tenida en cuenta.

Otra cuestión que llama la atención en ésta definición del rol del IPCC es: “no monitorea parámetros climáticos”. Surge la pregunta: ¿Quién monitorea los parámetros climáticos? Respuesta: el CRU (Climate Research Unit) de la Universidad Británica de East Anglia, que fuera fundado por la primera ministra Británica Margaret Thatcher. Hagamos un poco de historia.

LA “DAMA DE HIERRO” COMENZÓ LA GUERRA AL CARBÓN EN 1984.

El 5 de marzo de 1984, Margaret Thatcher, primera ministra británica, enfrentó una huelga de mineros del carbón que duró cerca de un año. Esta acción de los mineros fue la respuesta a la política de la ministra, la que había cerrado 20 minas y despedido a 20.000 trabajadores del carbón. Para doblegar al combativo sindicato carbonero, utilizó todos los medios a su alcance. La criminal de guerra que no dudó en ordenar el hundimiento del ARA General Belgrano, no iba a tener contemplaciones en su enfrentamiento con el movimiento obrero británico.

Lo que estaba en juego era muy importante: la consolidación de su programa de destrucción de la economía keynesiana, “el estado de bienestar” y la reconversión a la economía liberal. Lo que Guy Sorman llamó la “Revolución Conservadora”. Desde el punto de vista  de la burguesía inglesa, el descenso de la tasa de ganancia, que se observaba en la economía capitalista, debía ser resuelto rápidamente por medio de medidas drásticas que favorecieran el accionar empresario privado. ¡Burgueses del mundo uníos! En esa frase podría sintetizarse la convocatoria de Thatcher, a la que Ronald Reagan, el presidente norteamericano, se plegó entusiastamente.

Para evitar la previsible reacción de la clase trabajadora británica, la ministra se propuso doblegar al sindicato de los mineros del carbón, cuya derrota desmoralizaría al resto de la clase trabajadora inglesa y allanaría el camino para su proyecto. La primera ministra recordaba al pueblo inglés, en aquel entonces, que dos años atrás habían vencido a la Argentina en Malvinas, el enemigo “exterior” y que debían vencer ahora al “enemigo interior”: los trabajadores del carbón.

La premier inglesa, de formación científica, Licenciada en Química en la Universidad de Oxford, tenía entre sus objetivos lanzar un plan de desarrollo de energía nuclear. Pensaba que la nuclear junto con el petróleo del mar del Norte y con las “adquiridas” (léase pirateadas) reservas del Archipiélago de Malvinas, Gran Bretaña podría independizarse, tanto del petróleo de Arabia Saudita como del carbón británico. Hábilmente, utilizando estrategias de cruda represión, aislamiento del sindicato minero, sobornos y campaña de propaganda oficial a través de todos los medios, logró finalmente su objetivo.

Según el periodista científico británico Nigel Calder, editor jefe de New Scientist, Thatcher utilizó, además de lo mencionado, en su lucha contra los mineros, la autoridad científica de la Royal Scientific Society, organismo estatal británico al cual dotó de un suculento presupuesto para que demostraran lo perjudicial que era la utilización del carbón.

Entre 1940 y 1975 las temperaturas habían bajado  tanto que los climatólogos temían la  llegada de una nueva era glacial. En aquel entonces, algunos habían desempolvado la vieja teoría de Arrhenius acerca del efecto invernadero debido al CO2. Suponían que quemando grandes cantidades de combustibles fósiles se podría salvar al planeta de la era glacial en ciernes. La mente científica de Thatcher comprendió que esto era una tontería e invirtió el concepto: lo que se proponía como solución, ella lo señalaba como un peligro: calentamiento global (lo propuso cuando las temperaturas habían comenzado a recuperarse). Por supuesto que la Royal Scientific Society encontró lo perjudicial que era el binomio carbón-CO2, y tomando eso como base, Margaret Thatcher creó el CRU (Climate Research Unit) de la Universidad Británica de East Anglia, cuya misión sería investigar el “calentamiento global antropogénico”, cuya causa era asignado al dióxido de carbono.

THATCHER LIDERA EL “COMBATE AL CALENTAMIENTO GLOBAL ANTROPOGÉNICO”

La enérgica ministra británica reclutó a Sir Crispin Tickell para una importante misión, la creación en el año 1988 del IPCC, el Panel Intergubernamental de Cambio Climático, organismo dependiente de las Naciones Unidas. La historia oficial relata que el IPCC fue fundado el 31 de agosto de 1988, a instancias de la UNEP (Programa de Medio Ambiente de las Naciones Unidas) y por el WMO (Organización Meteorológica Mundial), pero qué papel cumplió el delegado de Thatcher?

En éste cometido cumplió un papel principal y muy importante el bueno de Sir Crispin Tickell, embajador del Reino Unido en la ONU, quien fuera elegido astutamente por Thatcher, debido a su condición de militante ambientalista de ideología eugenésica, lo que era una garantía de que llevaría a buen puerto el proyecto. El accionar de Tickell fue hábil y discreto, digno vástago de la elite británica, la que, como siempre, termina conduciendo los asuntos, tras de la escena. A partir de ese momento, el IPCC recibe periódicamente los informes sobre los registros de temperaturas globales elaborados por el CRU, es decir el organismo británico fundado por Thatcher.

Thatcher lanzó desde la ONU en 1989, su discurso llamando al mundo a enfrentar los problemas ambientales, entre ellos “el calentamiento global antropogénico”. La premier británica seguía los pasos del camino trazado por el Foreign Office, con el propósito de “la conservación del planeta” (léase asegurarse su control), desde unas décadas atrás.

LA INTELIGENCIA BRITÁNICA INAUGURÓ EL MANEJO POLÍTICO DEL AMBIENTE EN 1948

Finalizada la segunda guerra interimperialista, las potencias vencedoras fundaron, entre otros organismos destinados al mayor y mejor control del mundo, la UNESCO, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Ni lerdos ni perezosos, los británicos colocaron al frente del novel organismo a Julian Huxley, como su primer Director en 1945, quien hasta ese entonces se había desempeñado como vicepresidente de la Sociedad Eugenésica Británica. Desde allí Huxley, quien observa que las Naciones Unidas no cuentan con una organización destinada a la conservación de la naturaleza y el ambiente, impulsa y logra la creación de la IUCN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza) en 1948. Para el logro de éste objetivo, Huxley contó con el asesoramiento y ayuda de Max Nicholson, ex miembro del gobierno británico y en ese entonces director de The Nature Conservancy, el organismo británico de la protección de la naturaleza. En la primavera de 1961, Max Nicholson, con el objetivo de mejorar la recaudación de fondos para la IUCN, impulsa y logra la fundación de la WWF (World Wildlife Foundation), que se establece en el pueblo de Gland, Suiza, en el mismo edificio y compartiendo el aparato administrativo con la IUCN. Esta ONG, no parece muy independiente que digamos. Al frente de la misma, Max Nicholson y Sir Peter Scott propusieron al británico príncipe Felipe de Edimburgo. Pero éste declinó el cargo en su amigo Bernardo de Holanda. Pero, a raíz del escándalo derivado de la coima de Lockheed, Bernardo renunció y debió finalmente hacerse cargo Felipe.

Es así como, desde los inicios de los organismos citados, la elite británica ha estado inyectando en el mundo la ideología que conviene a sus intereses, bajo la apariencia legitimante de la conservación de la naturaleza y el cuidado del medioambiente.

La temprana política que el imperio británico adoptó, a partir del desarrollo del concepto de “parques nacionales”, en donde se priorizaba la conservación y protección del ambiente con toda su diversidad botánica y animal, con la exclusión del hombre, se generalizó en forma global. La mayoría de los movimientos u organizaciones ambientalistas actuales son de pensamiento ecocentrista, se protege al ambiente del hombre, el principal depredador y contaminador. De ésta manera se oculta la culpa del sistema capitalista, la culpa es de los humanos que por lo general son expulsados de los territorios a proteger (con abundantes recursos naturales que constituyen así una reserva para el sistema).

La eugenesia, pseudociencia desarrollada por Galton, primo de Darwin, sirvió como justificación moral para la dominación colonial del imperio: era lógico para la elite británica que los “superiores” dominaran a los “inferiores”. Desde luego que los británicos se  consideran a sí mismos como “los superiores”.

CLIMATEGATE.

Esto tuvo consecuencias impensadas en aquel momento. En diciembre del año 2009, mientras se desarrollaba en Copenhague la COP15 cumbre climática convocada por el IPCC, estalló lo que se conoció como el Climategate: la difusión pública de e-mails de miembros del CRU, a través de la intervención de un “hacker” anónimo (posiblemente chino o ruso) o de una “filtración” efectuada por alguien desde dentro del mismo instituto, en donde se confirmaron tres importantes hechos, que hasta ese momento formaba parte de las sospechas acerca del manejo de la información climática.

 Primero, que el IPCC, falsifica datos sobre el clima para exagerar tanto la situación actual como sus pronósticos, segundo, que no existe el supuesto “consenso” entre los científicos del clima, y tercero, que se aplica una política de segregación sobre los científicos cuyas posiciones difieren de la oficial, invisibilizando su existencia al impedir la publicación de sus estudios, evitando así que la teoría oficial sea demostrada falsa.

 Phil Jones director del CRU, debió renunciar ante el escándalo. Fue procesado por negarse a facilitar información sobre el procesamiento de datos climáticos que son de orden público (el software utilizado para el cálculo de las temperaturas medias) y que en Inglaterra los funcionarios estatales como el caso de Phil Jones, por ley deben comunicar al público en caso de su solicitud.

Por supuesto que la “investigación” a que fue sometido Phil Jones lo encontró inocente y fue repuesto en su cargo al frente del CRU, y los muchachos del IPCC siguen recibiendo sus pronósticos alarmistas.

Éste escándalo, no fue lo único bochornoso que ocurrió en el transcurso de la Cumbre en Copenhague: trascendió un texto filtrado al periódico The Guardian, el contenido del denominado “documento danés”, borrador del pacto a firmar que iba a ser propuesto por los países imperialistas.

Este texto había sido redactado por la empresa PricewaterhouseCoopers, como colofón de la reunión de empresas interesadas en los negocios “verdes”, celebrado en mayo del 2009.

Ésta reunión, se había llevado a cabo en Copenhague entre el 24 y 26 de mayo, seis meses antes que la Cumbre, y organizada por los CEOS de las grandes corporaciones empresarias. El evento fue denominado “La Cumbre de Negocios Globales sobre Cambio Climático”. Asistieron además de los principales ejecutivos de las grandes corporaciones, Al Gore y Ban Ki Moon, Secretario General de la ONU. La ministra de Clima y Energía de Dinamarca Connie Hedegaard, señaló que “los negocios pueden suministrar soluciones inteligentes para hacer posible la vida en una sociedad a la vez moderna y sustentable”.

Todo esto tiene poco que ver con el medio ambiente y mucho de programa financiero para maximizar ganancias. El borrador Incluía límites desiguales en cuanto a la emisión carbónica para el año 2050: los países imperialistas podrían emitir hasta casi el doble de lo que podrían emitir los países del Tercer Mundo. Además se proponía la realización de auditorías independientes a éstos países, para controlar el estricto cumplimiento de las emisiones pactadas en el tratado.

Pero eso no era todo: lo peor era que se proponía que la financiación de la llamada “ayuda para la lucha contra el cambio climático”, que cancelaría la así llamada “deuda climática” se obtuviera a partir de fondos provenientes de impuestos a la emisión de dióxido de carbono que todos los países firmantes deberían pagar y confiar al Banco Mundial, quien emitiría los créditos  y que junto con otras nueve organizaciones privadas formaría parte del “Fondo Ecológico Global “, a quien se le planea entregar el control de los recursos naturales del planeta.

Este grosero, burdo y descarado borrador de propuesta de los países imperialistas, mereció el repudio inmediato de los países del Tercer Mundo, al trascender su contenido gracias a lo publicado en el periódico inglés The Guardian.

Como vemos, el IPCC de científico no tiene nada, es un organismo político de la ONU, destinado a “bajar la línea políticamente correcta” a todos los gobiernos del mundo, a sus Ministerios y/o Secretarías de Ambiente y Desarrollo Sustentable, a todas y cada una de las oficinas y organizaciones de Meteorología, Universidades y Centros de Investigación  de todo el planeta.

Es decir, no hay debate posible, es la “verdad científica impuesta desde el poder”.

Ésta “verdad” científica impuesta es la que conviene por supuesto, al imperialismo, del cual la ONU es uno de sus instrumentos.

La gran estrategia de los países imperialistas consiste en evitar que los países del tercer mundo se desarrollen para que no se consuman los recursos que consideran les pertenecen. Nada mejor entonces, para esos fines, que éstas campañas para combatir “el calentamiento global”, que son para “salvar al planeta”.

La política de limitar la emisión de dióxido de carbono apunta a impedir, demorar o hacer más costoso el desarrollo industrial de los países del tercer mundo, en donde las industrias que más emiten, debido a sus procesos productivos, son la siderúrgica y la cementera, precisamente las más necesarias para los países que construyen su infraestructura.

La política de impulsar las denominadas “energías renovables” o “limpias” como la energía eólica y la energía solar, dadas sus características de intermitencia y baja densidad de flujo energético no pueden operar como generadores de base, por lo que siempre necesitarán un respaldo de potencia equivalente. Por lo tanto para países del tercer mundo que deban integrar sus sistemas energéticos deben hacerlo mediante el desarrollo de matrices energéticas equilibradas donde se asegure la provisión del fluido eléctrico las 24 horas.

Esto implica dar prioridad a los generadores que pueden operar como “base”, es decir en forma continua, como los térmicos, los hidroeléctricos, los nucleares, así como también asegurar la existencia de los generadores denominados “de punta”, es decir los que ante un pico de la demanda pueden entrar rápidamente en servicio, como los térmicos a gas, asegurando la continuidad de la provisión de energía eléctrica las 24 horas del día.

Las energías eólica y la solar no pueden operar ni como base ni como punta dadas sus características, por lo que su inclusión en la matriz de generación eléctrica se hace en la periferia de la misma, para complementar y/o aprovechar una zona ventosa o soleada, de ninguna manera podrían sustituir a sistemas basados en hidroeléctricas, nucleares y térmicas.

La política de promocionar las energías renovables, en desmedro de la hidroeléctrica (que es renovable), la nuclear (que no genera dióxido de carbono) y la térmica (de la cual tenemos abundantes recursos), que es llevada adelante por las ONG ambientalistas instrumentadas por el imperialismo, además del evidente objetivo de venta de las mismas, no tiene otro propósito más que el de que nuestros países no puedan integrar sus matrices de generación eléctrica, en forma balanceada, de manera que no podamos tener energía de bajo costo relativo, que favorezca nuestro desarrollo industrial.

¿Qué ocurrirá en la COP26 en Glasgow? Más de lo mismo, los países imperialistas seguirán llevando adelante su agenda, no en forma tan descarada, como en la COP15 en Copenhague, pero los objetivos estratégicos son los mismos.

 Nuestros representantes deben tener esto en cuenta y no firmar nada que pueda comprometer nuestro derecho soberano al desarrollo industrial.

Deja una Respuesta

Tu correo electronico no será publicado.