El gran género te vigila

Canadá, 29 de noviembre de 2021 • Alberto Rodríguez •

Año 2040, una familia trata de sobrevivir bajo un gobierno totalitario que instrumentaliza las teorías de genero para aterrorizar a la población.

(Primera parte) Tenía que cuidarme mucho de decirle cariñosamente papá en público pues esa palabra hace tiempo había sido borrada del código civil y figuraba en el diccionario como un término discriminatorio. Lo mismo sucedía con la palabra madre. De modo que, si la policía nos oía emplear esos términos, en vez de progenitor, cobraba multas de varios miles de dólares o nos encarcelaba. Pero además mandaban a las familias a centros de reeducación y trabajos forzados para rectificar su comportamiento juzgado discriminatorio. Así vivíamos bajo un terror constante y sólo nos atrevíamos a emplear el término padre, madre e hijos cuando paseábamos por el bosque, lejos de la ciudad. Si mis padres al dirigirse a mí y a mi hermano decían hijos en vez de hijes, corrían el riesgo de ser detenidos. Yo había nacido varón y me auto percibía como tal pero el problema es que me gustaba jugar con una muñeca de porcelana que le había pertenecido a mi madre y si la policía me veía hacerlo mis padres perderían mi custodia. Eso le pasó a unos vecinos que tenían un nene que hacía lo mismo que yo, el Estado se lo quitó a los padres, lo puso en una clínica estatal con “tratamiento hormonal” y luego le mutilaron sus genitales masculinos y le pusieron una vagina artificial. Todo eso a pesar de la desesperación de la criatura que gritaba que deseaba volver a su casa. Es así que el Estado mandaba gendarmes a todos los hogares y le preguntaban a cada criatura como se auto percibía, ante cualquier hesitación los padres perdían la custodia de la criatura que era internada en las clínicas de reorientación de género. Por eso mis padres nos decían a mí y a mi hermanito de decir sin hesitación alguna en la voz que nos auto percibíamos varones, de lo contrario el Estado nos secuestraría. El problema es que en la tele pasaban muchos programas para chicos donde mostraban criaturas con disforia sexual (o libertad de identidad de género según la anti ciencia), entonces las criaturas que miraban esos programas caían inocentemente en la trampa y se lo tomaban como un juego, por jugar un nene decía riéndose soy nena, y una nena decía soy nene, si por desgracia lo hacían frente a algún agente del Estado, terminaban hormonados y mutilados. Pues la dictadura policromática tenía gendarmes y agentes secretos en todas partes, pero principalmente en los lugares donde jugaban los niños, era porque como les había explicado a mis padres un policía disidente, esos programas televisivos para chicos salían de las fábricas de ideas de la dictadura y habiendo calculado su efecto en los chicos, sólo tenían que recoger el fruto de sus esfuerzos. En vano padres desesperados gritaban que sus nenas decían que eran nenes porque imitaban a modo de juego un comportamiento que habían visto en la tele. Lo mismo ocurría con los nenes que para jugar decían que eran nenas. Entonces los gendarmes de la dictadura amparados por las leyes del Estado le quitaban la custodia de los chicos a sus padres. Una doctora jubilada nos había contado que hacían eso porque esos “tratamientos“ con hormonas eran muy caros y así el sistema medico ganaba mucho dinero.

El terror reinaba en todas partes, en nuestro barrio un día encontraron al doctor Gutiérrez atado a un árbol, muerto y ensangrentado con un cartel colgado al cuello donde estaba escrito con su sangre: biologicista de mierda. Dicen los vecinos que fue apedreado a muerte por una horda fanatizada de jóvenes policromáticos. El pecado de este pobre doctor jubilado que durante años brindó servicios gratis a las familias del barrio, fue atreverse a dar en la Plaza, cursos gratuitos de biología donde afirmaba que el sexo era biológico y que la diferencia entre hombres y mujeres estaba ya escrita en su ADN y era inalterable. El día del padre y de la madre habían sido borrados del calendario. La fecha correspondiente al antiguo día del padre se había convertido en una fecha recordatoria de las víctimas de la opresión patriarcal. Los diccionarios y otros libros donde aún figuraban las palabras padre y madre fueron prohibidos y a escondidas los tuvimos que quemar o enterrar cuando nos faltaba carbón. Y desde luego que esos libros ya no existían en las bibliotecas. También fueron prohibidos los libros de biología donde se afirmaba que el sexo era biológico. Muchos profesores de biología que valientemente seguían afirmándolo perdieron sus trabajos, otros fueron deportados o desaparecidos y a sus hijos se los regalaban a familias de militantes policromáticos. Incluso alguien descubre de pronto que no hay que utilizar la palabra patria porque es patriarcal y la palabra queda prohibida. Por eso con el tiempo se prohíbe la expresión Madre Patria y se la sustituye por cuerpo gestante de una población.

Hablábamos con las ventanas y las cortinas cerradas porque el vecino era un soplón que sabía leer los labios. La pedofilia ya no se podía denunciar desde que sacaron la ley de identidad de tiempo, que le permitía a cualquier individuo poner la edad que más le convenía en su documento de identidad. Existía una policía secreta, la triple A por alianza argentina anti- patriarcal que había asesinado al cura Manuel pues lo habían sorprendido en una villa miseria diciendo que nadie merecía morirse de hambre porque éramos todos hijos del mismo padre eterno. El portero de nuestro edificio era un ex enfermero que había perdido su derecho a ejercer su profesión por haber dicho durante una ecografía que el bebé iba a ser un niño, también echaron a un médico por afirmar que las mujeres no tenían próstata. Estaba prohibido decir leche materna, los médicos tenían decir leche de la persona con capacidad de gestar. El presidente de la nación dijo en un discurso: Queride pueble Argentine, tenemes una deuda con el fonde monetarie internacional, renunciamos a les Malvines porque les persones de aquelles isles no se auto perciben come argentines, debemos respetar sus dereches…  Por causa de la ley de identidad de género sumada a la ley de identidad de tiempo y a la ley de identidad de tamaño, en las tiendas de ropa ya no había una sección para chicos y otra para adultos ni tampoco una sección de hombres y otra de mujeres, etc. De modo que era una verdadera pesadilla ir a comprarse ropa. Una ilustre feminista había dicho que el idioma no debía tener género porque hombre y mujer eran construcciones culturales. ¿Yo me preguntaba cómo hacía para ser feminista, defendía a una construcción cultural o a una realidad?

Mi madre era una feminista de la vieja guardia, la que consideraba que hombre y mujer eran seres materiales con distinta biología y no construcciones culturales. Desde luego ella y otras luchaban en la clandestinidad. Mi madre me decía que en nuestra época era casi imposible denunciar a la violencia machista porque todos los hombres que le pegaban a las mujeres se auto percibían como mujeres. Las mujeres víctimas de violencia trataban de encontrar ayuda en los refugios que las feministas de antaño habían creado para ellas, pero se encontraban con la sorpresa de que estos estaban repletos de hombres violentos que se auto percibían como mujeres. Ese fue el caso de Isabel Izaguirre, violada por un grupo de hombres al salir de una discoteca, fue a parar a uno de esos refugios y la pusieron a compartir una habitación con un tipo grande y fuerte que aprestaba el alcohol y que le hablaba explícitamente de sexo. La pobre Isabel se fue a quejar a la administración, pero fue un grave error, pues como se había referido a la persona con la cual compartía su habitación empleando el término hombre, fue acusada y condenada por transfobia pues el hombre en cuestión se auto percibía como una mujer. Una vez en la cárcel de mujeres la pobre Isabel fue golpeada y violada reiteradas veces por hombres que se auto percibían como mujeres, se quejó varias veces a la dirección de la cárcel pero sólo le contestaron que lo que decía era falso porque en la cárcel no había hombres. Un día no pudo más soportar ese infierno, ella cuyo único “pecado” fue usar la palabra hombre para nombrar a alguien que no se auto percibía así, una mañana los guardias la encontraron ahorcada en su celda.

Si ante la ley no recobramos nuestra verdadera identidad decía mi madre, nunca recuperaremos los espacios que antes nos eran exclusivos y donde estábamos protegidas, el problema es que frente a cualquier intento por recuperar nuestra identidad se nos acusa de transfóbicas y se nos mete presas. Un amigo homosexual coincidía con nosotros porque él decía que si le gustaban los hombres no significaba que tuviera una mujer atrapada adentro. Así era el tenebroso ambiente en el que vivíamos con las mujeres y los niños como las principales víctimas. Con niños que eran psicotizados y mutilados en centros de rectificación de género, con hijos de intelectuales desaparecidos entregados a familias policromáticas, con chicos que no podíamos defender frente a la pedofilia, con mujeres que no podíamos defender frente a la violencia masculina, con cientos de profesores de biología que se veían obligados a renunciar a la objetividad científica por miedo a perder su derecho a ejercer su oficio o por miedo a ser desaparecidos. Pero había una luz de esperanza en el horizonte, a pesar de la censura sabíamos de algún lejano y extenso país odiado por el imperio policromático, un país donde los niños podían decirle papá a su padre y mamá a su madre sin temor a ser arrestados por los gendarmes. Nuestra idea era huir y refugiarnos en aquella nación. Pero mientras tanto nuestras vidas dependían de nuestro silencio.

Por eso mi padre para protegernos siempre nos repetía: el hombre es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras. Pero como niños era muy difícil para nosotros guardar esa disciplina y es así que un día ocurrió lo inevitable y llegó el drama para mí y para mi familia. Es así que al llegar a la escuela vi a la maestra y le dije sonriendo: buenos días maestra, de inmediato me dió una cachetada y me gritó’: se dice maestre, soy no binarie, respetá mi género. Le respondí: es que mis padres hablan así y yo hablo como ellos.

Allí recibí una segunda cachetada mientras la maestra me gritaba: ¡no se dice padres, son progenitores! Yo lloraba desesperadamente porque no comprendía lo que pasaba…

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