El gran género te vigila (Segunda parte)

Canadá • 7 de diciembre de 2021 • Alberto Rodríguez • (Segunda parte)

Pues solo quería ser agradable con la maestra al decirle buenos días. Las cachetadas que me había dado la maestra o el maestre según su criterio me habían dolido mucho, me salía sangre por la boca. Estaba en estado de choque y hui de la escuela rumbo a casa. Mientras corría por la calle decidí no comentarles a mis padres lo sucedido para que no tuvieran problemas en caso de que se les ocurriera quejarse a la escuela. Cuando llegué a casa, al ver el estado en el que me encontraba, mis padres estaban sumamente preocupados, entonces inventé que me había peleado con un chico en la plaza. A la mañana siguiente nos despertó un fuerte barullo, eran los gendarmes golpeando a la puerta de nuestro departamento. Mi padre fue a abrirles, de inmediato los gendarmes lo empujaron contra una pared y lo esposaron ante la mirada despavorida de mi madre que lloraba y gritaba que no se lo llevaran. Cuando terminaron de esposar a mi padre empujaron a mi madre contra la pared y la esposaron también. Mi hermano y yo llorábamos desesperadamente y les suplicábamos a los gendarmes de no llevarse a nuestros padres. Pues no son padres, son progenitores nos gritaron. Los gendarmes se nos acercaban, venían ahora por nosotros, mi hermanito se asustó y queriendo escapar por el balcón, saltó al vacío y murió. Mi madre perdió el conocimiento y mi padre les gritaba: malditos hijos de puta. A mí me paralizó el miedo y tenía apretada la muñeca contra mi pecho como para calmarme.  De pronto se me acerca uno de los gendarmes y queriendo ser gentil me habla en tono suave y me dice: no te preocupes niña, te liberaremos de tu cuerpo.

Cuando oí esas palabras quedé aterrorizado porque ya sabía lo que harían conmigo, de pronto pensé que había sido un error tener a la muñeca en brazos. Me desmayé y desperté al lado de mi muñeca en la cama de un hospital. Entré en pánico pues pensé que ya me habían operado, por suerte no fue así, aun mis órganos masculinos estaban en su lugar. En la tele hablaba una mujer, creo que era la ministra de la diversidad y hablaba en voz alta y parecía muy enojada: géneros atrapados en cuerpos no correspondientes, no se preocupen, les liberaremos, sabemos que aún existen grupúsculos de progenitores tiránicos que no respetan la inclusión y que obligan a sus hijes a estar encerrades en sus cuerpos. ¡Progenitores salvajes, les espera el calabozo! ¡Los géneros serán liberados de sus cuerpos! También sabemos de naciones donde gobiernan regímenes dictatoriales …pero con la ayuda del consejo de la diversidad de la ONU y nuestros poderosos ejércitos los borraremos del mapa por el bien de la diversidad, de la libertad y de la inclusión.

De repente se abrió la puerta y vino un doctor con una sonrisa de cocodrilo y me dijo: vuelvo en cinco minutos con la anestesia. Todo mi cuerpo temblaba del miedo. De pronto recordé que mis viejos me habían dicho que ante una situación de peligro debía romper la muñeca de porcelana. Para no hacer ruido la rompí debajo de la almohada, adentro había un facón de gaucho y en su estuche metálico estaba escrito: el hombre demuestra en la vida la astucia que Dios le dio. Empuñé el facón y me tapé con la sabana, de pronto se abrió la puerta y volvió el doctor con la jeringa, se me acercó con la misma sonrisa. A toda velocidad le clavé el puñal en la garganta y le dije: respeta mi sexo. Corrí hacia el pasillo con el puñal en la mano cubierta de sangre. Una señora que hacía la limpieza me sorprendió, pero me dijo: tranquilo nene, apurate, metete debajo de las bolsas de ropa.

Tuve un momento de hesitación, pero algo en su mirada y en el tono de su voz me inspiraba confianza, entonces me escondí debajo de las bolsas que ella llevaba en un carrito. Mientras ella empujaba el carrito yo espiaba los alrededores a través de un resquicio y fue así que vi algo horrible dentro de un tacho de basura, penes, testículos y senos ensangrentados habían sido allí arrojados, ¡la diversidad y la inclusión son de terror! pensé. La señora logró hacerme salir del “hospital“.

Ahora les escribo desde las altas montañas de nuestra Madre Patria donde la resistencia se organiza. Sería demasiado largo explicarles como llegué hasta aquí, lo dejaremos para otra oportunidad. La señora del hospital trabajaba para los servicios secretos del EFLRMP por: Ejército Federal de Liberación Racional de la Madre Patria.

Hace unos días que aquí me encuentro, cuando llegué me recibieron en un antiguo caserón de estilo colonial los gobernadores de nuestra aldea liberada y su ayudante. ¿Su ayudante era una transmujer? Tranquilo pibe, me operaron a la fuerza, soy homosexual y dijeron que si me gustaban los hombres era porque tenía una mujer atrapada adentro, lo cual es falso, soy un hombre, me dijo el ayudante. ¿Ves los que son los estereotipos y los prejuicios, nene?, agregó el gobernador de la aldea.   Luego su esposa me dijo: ser hombre o mujer no es un sentimiento, es una realidad biológica, una mujer que dice sentirse como un hombre por dentro o un hombre que dice sentirse como una mujer por dentro, tienen un concepto inmaterial, o sea falso, de lo que son hombre y mujer. Luego me fueron contando su historia. Yo era bibliotecario y fui perseguido, en la biblioteca municipal nos obligaron a quemar casi todos los libros. ¿Sabés por qué, pibe? Es porque los ideólogos de la dictadura temen que los jóvenes que no vivieron en la época en que viví yo, noten que en la literatura de otras épocas no hay ningún registro de la llamada diversidad que ahora presentan como una realidad, como algo totalmente normal y sospechen que hay algo que no encaja con el discurso oficial, es así que los libros del pasado son un enemigo muy temido de la dictadura policromática. Cuando escapé, logré rescatar algunos libros y los traje para nuestra aldea aquí en las montañas, me contó el gobernador. Yo era doctora pediatra, me echaron del trabajo y me amenazaron, todas mis publicaciones fueron prohibidas porque basándome en mis estudios acerca de los chicos, noté que en la mayoría de los casos la disforia sexual desaparecía en la pubertad, para la industria farmacéutica y sus bloqueadores de pubertad, yo era una gran amenaza. Decidí unirme a la resistencia porque ya no soportaba más ver lo que están haciendo con la infancia, con niños que ni siquiera saben lo que es el sexo, es una monstruosidad lo que hacen, me dijo con las lágrimas en los ojos la esposa del gobernador. Sabemos en qué cárcel se encuentran tus viejos y otros padres presos de la dictadura, vamos a mandar un comando a liberarlos, me dijo el gobernador y mi rostro se iluminó con una sonrisa. Luego me hicieron pasear por el caserón colonial, en el pasillo había un enorme retrato de un hombre barbudo a caballo, era un gaucho con su poncho y su guitarra. ¿Quién es? Pregunté. Era un famoso folklorista, un tal Santos, que murió asesinado por glorificar en sus canciones a la virilidad y al valor del hombre gaucho, no lo olvidaremos nunca, como nunca dejaremos de defender a nuestra querida patria, a nuestras mujeres, a nuestros niños y a nuestras tradiciones, si es preciso, entregando nuestras vidas, porque la patria profunda y verdadera nunca ha de morir querido pibe, me dijo emocionado y alzando un puño en el aire el gobernador mientras contemplaba el retrato.

Consulta la primera parte de este artículo: https://www.socialismolatinoamericano.org/el-gran-genero-te-vigila/?preview_id=2191&preview_nonce=e584b8067a&preview=true&_thumbnail_id=2192

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