Trotsky, significado histórico de su obra, a 75 años de su asesinato

Gustavo Cangiano •

No cabetrotsky2n dudas de que las palabras precedentes, pronunciadas por el nieto de Trotsky, nos conmueven profundamente a quienes nos educamos en la tradición del trotskismo (una de cuyas vertientes es la Izquierda Nacional). Mientras leía el envío y mientras lo contesto, tengo en mi escritorio, al alcance de mis  manos, algunos tomos de los Escritos de Trotsky traducidos de la edición francesa por la morenista editorial “Pluma”. En  otro extremo del escritorio está esperando su lectura el libro “El camarada incómodo”, escrito por el argentino  Gabriel Glasman hace pocos años. No parece un libro demasiado profundo u original, pero despierta mi mayor  interés, como todo lo que se refiera a León Trotsky. Y todavía conservo la edición de “Mi Vida” en dos     tomos  publicada por Editorial Colón, que sustraje de la biblioteca de mi tío político Moro Da Mommio allá en los comienzos de la década del 70. Fue lo primero que leí de Trotsky, y de inmediato pasé a la biografía de Víctor Serge, en la edición de nuestra corriente, y a “Así asesinaron a Trotsky”, de Salazar, un jefe policial mexicano. Los libros de Deutscher vinieron después, y a estos les siguieron muchos otros. Los del propio Trotsky, por supuesto, los devoré todos, o casi todos, y más de una vez. Y la lista se prolonga con infinidad de títulos hasta llegar al celebrado de Padura que, dicho sea de paso, nos recuerda que el sicario que asesinó a Trotsky era también un militante revolucionario (como lo fue le propio Siqueiros, a quien aprendí a odiar, por supuesto).

Con el recuento anterior quiero decir que Trotsky es una figura histórica por la cual siempre he sentido, y todavía siento, una enorme admiración y un respeto casi reverencial. Sin embargo, como bien recuerda Volkov, han transcurrido 75 años desde su muerte, y mucha agua ha corrido bajo el puente. El indestructible lazo emocional que me une a la figura de Trotsky no puede ser un pretexto para eludir un análisis racional sobre su significación histórica actual. En este sentido, creo que las palabras de Volkov no trascienden el aspecto estrictamente emocional del asunto.

Podemos admitir con Volkov que el régimen capitalista nos ha sumido en la barbarie. Una barbarie bastante sofisticada y que se parece poco a la cruda barbarie de la que hablaron Rosa Luxemburgo, Marx o el propio Trotsky. Pero barbarie al fin. Podemos admitir, también, que para salir de esta barbarie es necesario el socialismo; un socialismo libertario, autogestionario, que nada que ver tiene con esa parodia de socialismo que fueron el estalinismo y todos los regímenes de “socialismo real”, algunos de los cuales todavía subsisten de manera cada vez más penosa (Corea, ¿Vietnam?… ¡incluso Cuba!). Sin embargo, de la admisión de todo esto no se sigue que la teoría y la práctica construidas por Trotsky contengan las llaves de la emancipación humana. Es un reiterado error de muchos presuntos “trotskistas” creer que el fracaso de alternativas políticas ajenas (el liberalismo, el stalinismo, la socialdemocracia, etc.) constituye una prueba del éxito de la alternativa política propia. Es un punto de vista absolutamente equivocado y lógicamente insostenible. Volcó escribe que “a la muerte de Lenin, Trotsky se asignó la inmensa tarea de proseguir la lucha para salvar esa revolución (la revolución bolchevique “traicionada” por el stalinismo)”. De acuerdo. Pero, ¿cuál fue le desenlace histórico de la tarea que se asignó Trotsky?

La historia ha enseñado que ese gran acontecimiento histórico que fue la Revolución Rusa acabó primero en esa monstruosidad que fue el stalinismo, y luego en la instauración abierta y sin maquillaje de un régimen de explotación capitalista. A casi un siglo de la Revolución Rusa, y a 75 años de la muerte de Trotsky, Rusia es un país en el que casi no quedan huellas del huracán revolucionario que un día la atravesó. Y si alguna huella quedara, no es la de una revolución socialista sino, en todo caso, la de una revolución nacional-democrática (aunque “autoritaria”, como lo son todas las revoluciones) que no tenía como horizonte la instauración del “reino de la libertad”. Volkov no percibe este hecho y escribe: “a los cinco o seis años de la revolución surgió un nuevo fenómeno social (el stalinismo) que traicionó todos los postulados de la revolución y usurpó el poder de la clase obrera imponiendo un régimen de totalitarismo burocrático”. Así dicho, esto es falso.

En primer lugar, en los primeros cinco o seis años de la Revolución Rusa, no hubo socialismo, lo cual impide hablar de “usurpación”. A la guerra civil le siguió el llamado “comunismo de guerra”, que fue un período signado por el hambre y el terror. ¿Qué clase de socialismo puede erigirse sobre la base del hambre y del terror? Que se entienda: no estoy diciendo que haya que condenar aquel “comunismo de guerra”, que se impuso como una necesidad inexorable; lo que estoy diciendo es que eso nada tuvo que ver con el socialismo. Luego llegó el período de la llamada “nueva política económica”, en el que se aplicó una suerte de economía de mercado para paliar el hambre que atravesaba toda Rusia. Y luego se murió Lenin y llegó Stalin. ¿Dónde está, entonces, el carácter “socialista” de la Revolución Rusa?

Por otra parte, Volkov utiliza la palabra “surgió” para referirse a la derivación stalinista de la Revolución triunfante. Dice “surgió”, como si el stalinismo hubiera acaecido por gracia divina, o por generación espontánea. Como si hubiera sido una anomalía histórica, o un mero accidente. Esto significa violar el abecé del método marxista. El stalinismo no surgió de la nada, sino que sus causas están contenidas en la complejidad del proceso histórico precedente. Para decirlo más claramente: el stalinismo estaba contenido, al menos como germen o como “potencialidad”, en la propia Revolución de 1917. Decir que hubo una ruptura entre Lenin y Stalin es tan falso y “antidialéctico” como decir que hubo una continuidad, Volkov dice que Lenin y Trotsky “detectaron y enfrentaron” el “cambio de rumbo” y la “contrarrevolución” que significó el stalinismo. Una afirmación ciertamente discutible, especialmente en el caso de Lenin. Pero que en todo caso pierde relevancia por dos razones: una es que el grueso de los dirigentes y de las organizaciones políticas revolucionarias se alinearon con Stalin o con otras fracciones burocráticas más “contrarrevolucionarias” todavía.; la otra razón es que la naturaleza de un fenómeno histórico como una revolución no puede desentrañarse a partir del posicionamiento de tal o cual individuo, por muy destacado que haya sido su protagonismo en ese fenómeno. Por ejemplo, a ningún marxista se le ocurriría decir que la Revolución Francesa “cambió de rumbo” o fue “traicionada” porque los “enragees” fueron decapitados y la “conspiración de los iguales” terminó en un fracaso. La Revolución Francesa debe ser caracterizada a partir de lo que efectivamente fue, y no de lo que pudo haber sido según la ideología de tal o cual dirigente.

Volkov termina su discurso citando a su abuelo: “estoy seguro del triunfo de la IV Internacional”. Pero a esta altura ya podemos afirmar que esa seguridad resultó defraudada. En realidad, la IV Internacional no sólo no triunfó sino que ni siquiera llegó a existir. Si la significación histórica de Trotsky fuera a ser juzgada en función de esta “seguridad”, no saldría en absoluto bien parada. Volkov admite que “este vaticinio aún no se cumple”, pero les encarga a “los revolucionarios” tratar de cumplirlo. Otra vez, Volkov está violando el método marxista: lo que corresponde no es machacar una y otra vez sobre una consigna que ha mostrado su inviabilidad histórica, sino explicar por qué se ha mostrado inviable. Explicar por qué han fracasado los intentos emancipatorios del pasado es la primera condición para que los próximos intentos emancipatorios tengan mejor suerte.

Con tristeza, releo lo que escribí y advierto alguna distancia respecto de la figura de Trotsky. Y más importante aún: respecto del núcleo de sus posiciones teórico-políticas y del propio proceso revolucionario del que fue protagonista. Pero esa distancia es, en realidad, la distancia entre mis candorosos dieciséis años, cuando leí a Trotsky por primera vez, y la de mi presente de hombre maduro, que se acerca a la edad que tenía Trotsky cuando lo asesinaron. En el medio de uno y otro momento de mi vida, “ha corrido mucha agua bajo el puente”, porque la historia es un devenir permanente, y el mundo de hoy ya no es el mundo de los años setenta, cuando los fuegos de la Revolución Rusa no se habían apagado, ni, mucho menos, el de aquella grandiosa Revolución inscripta para siempre en las mejores páginas de la tragedia humana. El capitalismo subsiste, y con él subsisten miserias que urge resolver. Con él subsiste la necesidad de una Revolución Emancipatoria que acabe con todas las formas de explotación y opresión. Subsiste la necesidad del socialismo, y la esperanza del comunismo. Sin dudas que la figura de León Trotsky será fuente inspiradora de los protagonistas de las luchas que vienen. Pero lo será a condición de que se acceda a ella con las armas críticas de la razón, y no con la devoción acrítica y emocional de muchos “trotskistas”.

En el 75 aniversario del asesinato de León Trotsky

Esteban Volkov *  •

Han transcurrido 75 años de cuando llegó aquí, el 20 de agosto de 1940, la mano asesina de Djugachvily, más conocido como José Stalin, para destruir uno de los mejores cerebros del marxismo revolucionario con el propósito de acallar su voz.

Pero su intento fue en vano. El vasto arsenal ideológico legado por el revolucionario León Trotsky, fruto de 43 años de ser protagonista de primer orden en la vorágine revolucionaria del siglo XX y, simultáneamente, de ser testigo y observador privilegiado, está más actual y vivo que nunca. Y me atrevería a decir que, a través de su legado político, Trotsky tiene plena presencia entre nosotros.

Todos conocemos la frase famosa de Rosa Luxemburgo: ““Socialismo o barbarie””. Pero hoy tenemos que invertir los términos: ““Barbarie o socialismo””, ya que el caótico y obsoleto régimen capitalista nos ha sumido ya en la total barbarie y la alternativa socialista no es ya para evitar la barbarie, sino para salir de ella.

Actualmente tenemos con frecuencia jornadas laborales de 10 a 12 horas, y a veces con semanas corridas sin descanso; reducción o anulación de prestaciones laborales; congelación salarial frente a inflación; el famoso outsourcing, trabajo precario eventual sin ninguna prestación y con salarios de hambre; trabajo agrícola de niños envenenándose con insecticidas.

Hoy se prefiere emplear el maíz para alimentar motores en lugar de estómagos de seres humanos; existe abundante desempleo entre jóvenes y adultos, que los hace candidatos a la drogadicción y a la delincuencia; comercio sin límites de armas, drogas y seres humanos; sangrientas guerras imperialistas de pillaje; destrucción de selvas y bosques, pulmones del planeta, por el comercio maderero y la agroindustria.

Hoy hay una quema desmedida de combustibles fósiles, causante de cambios climáticos y deshielos polares; desaparición de glaciares, sequías, desertificaciones y mucho mayores perturbaciones atmosféricas por la elevación térmica del planeta.

Existe un consumismo absurdo, sin medida, con una obsolescencia planificada de los productos que resulta en un desperdicio del valioso trabajo humano y de muchos recursos naturales, materias primas no renovables, desmedida generación de basura y la contaminación de mares y de las aguas de consumo humano.

La lista de los desmanes del voraz y obsoleto sistema capitalista es inacabable, al grado de poner en peligro nuestro planeta, maravilloso oasis que nos ha tocado en suerte habitar en la inmensidad del universo.

Hasta esta fecha, el proyecto socialista del marxismo parece ser la única alternativa conocida y viable para salir del anacrónico y caótico sistema capitalista. Es el método científico que mejor ha analizado y comprendido la dinámica de este inhumano sistema, donde la ley de la selva aún rige a plenitud. Sigue teniendo vigencia hasta el día de hoy el Manifiesto Comunista, redactado por Marx y Engels hace más de 150 años.

Tras la primera revolución socialista triunfante en octubre de 1917, en Rusia, a los cinco o seis años surgió un nuevo fenómeno social: una voraz y parasitaria burocracia encabezada por José Stalin, que traicionó todos los postulados de esa revolución, usurpó el poder de la clase obrera e impuso un régimen ilegítimo de totalitarismo burocrático, basado en la falsificación de la historia y el terror. En sus inicios Lenin y Trotsky detectaron y se enfrentaron a este proceso contrarrevolucionario, a este demoledor cambio de rumbo.

Tras su previo actuar en la preparación y triunfo de la revolución junto a Lenin, a la muerte de éste Trotsky se asignó la inmensa tarea de proseguir la lucha para salvar esa revolución. Fue la etapa de su vida que consideró la más importante.

Nadie mejor que Trotsky entendió y analizó este nuevo proceso histórico: la degeneración burocrática de la revolución socialista victoriosa que había tenido lugar en Rusia en octubre de 1917. En La revolución traicionada, su brillante análisis de la contrarrevolución stalinista escrito en 1936, nos describe punto por punto los desvíos y traiciones de ese régimen usurpador y, con más de medio siglo de antelación, predice con precisión matemática su retorno al capitalismo, de no ser reconquistado el poder por la clase obrera mediante una revolución política.

Gracias a León Trotsky quedó perfectamente desenmascarado el papel del estalinismo, que trajo desprestigio y confusión en la izquierda y proporcionó un gran arsenal a la propaganda antimarxista del sistema capitalista, alejando el advenimiento del socialismo y dando oxígeno y sobrevida al capitalismo.

Debe quedar perfectamente claro que el proyecto socialista para nada es el régimen carcelario burocrático de corte estalinista. El proyecto socialista tiene que ser libertario, con total democracia, pluralidad de partidos y autogestión de empresas sin ninguna hegemonía de la burocracia.

Mis recuerdos de León Trotsky en los años de convivencia en Turquía, de 1931 a 1933, son muy lejanos. En cambio, los de México durante su último año de existencia, cuando viví con él entre agosto de 1939 y agosto de 1940, son muy nítidos y claros. Es difícil describir con palabras para dar la imagen del ser vivo de un revolucionario con la dimensión y la brillantez de León Trotsky. Fue un ser de una inteligencia excepcional y una entrega total a la lucha por el socialismo.

Era generoso, solidario, paciente para explicar y educar políticamente a los camaradas, con un gran sentido del humor que creaba un ámbito jovial y cálido en su entorno. Trabajador inagotable, no desperdiciaba un minuto de su existencia. Irradiaba vitalidad y optimismo.

Tenía gran admiración por el trabajo humano, donde no admitía privilegios ni distingos. La palabra temor no existía en su vocabulario. Lo que más me impresionó de su persona era su certeza absoluta, su seguridad inamovible en cuanto al advenimiento del socialismo en el futuro de la humanidad, adquirida a través de su experiencia personal al haber participado como personaje clave y observador privilegiado en uno de los acontecimientos más notables y asombrosos de la historia, como fue la revolución socialista rusa en cuyo inicio sí se logró implantar las bases de un auténtico socialismo.

El vasto arsenal de teoría marxista legada por León Trotsky es valioso faro para las nuevas generaciones de revolucionarios. Trotsky no era hombre de morir de vejez en la cama. Cayó en las trincheras de la revolución socialista. Sus últimas palabras a su camarada Joe Hansen fueron: ““Estoy seguro del triunfo de la cuarta Internacional””. Su vaticinio aún no se cumple: queda como tarea para los revolucionarios que siguen sus ideas y lucha.

Aún resuenan en mis oídos las hermosas palabras de León Trotsky: ““La vida es hermosa. Que las futuras generaciones la liberen de toda maldad, opresión y violencia, y la disfruten en toda su plenitud””.

Palabras ante la tumba de León Trotsky y Natalia Sedova, en el Museo-Casa de León Trotsky, Coyoacán, DF, 21 de agosto de 2015.

* Director del Museo-Casa de León Trotsky y nieto del líder revolucionario.

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