Sobre la equívoca reivindicación que la pequeño burguesía realiza a Jorge Abelardo Ramos

Fernando Pereyra •

Foto: www.labaldrich.com.ar

En la última edición de Revolución y contrarrevolución en la Argentina de Jorge A. Ramos (Ediciones Continente, Buenos Aires, 2013), aparece en el tomo III, “La bella época”, un prólogo de Horacio González.

Como ya nos tiene acostumbrado este hombre, el escrito de cinco páginas es absolutamente ininteligible. Pero aquel valiente que llegue hasta el final podrá, si no comprender lo que nos dice González, al menos intuirlo.

Allí se busca realizar una división de Ramos entre escritor-historiador-publicista y militante revolucionario, contradiciendo todo lo que al respecto ha dicho el propio Ramos. Y, claro está, en esta edición de su obra el prologuista sepulta al militante y ennoblece al escritor, diciendo de él que su vocación fue “la de un fundador de partidos, pero habita en el seno de esta decisión, la de un gran editor y publicista, y aun antes, la de un apasionado librero” y un poco más adelante “quizás sea necesario resaltar la característica final que lo resume: un gran escritor” (el resaltado es mío).

De un plumazo, en apenas un puñado de renglones, en lo que no llega a conformarse ni siquiera en un párrafo, González intenta destrozar todo el pensamiento ramista respecto a la inexorable unión entre política e historia.

Honorio Díaz nos dice al respecto en su excelente trabajo sobre Ramos (J. A. Ramos: historia y política, Plexo Libros, Buenos Aires, 2008) que para éste no existían fronteras nítidas entre historia y política, que todo historiador hace política, por lo que no debería ser llamativo que un político escriba sobre historia.

Pero González niega todo eso y prefiere ver en Revolución… no una herramienta necesaria para la lucha revolucionaria, sino una forma de “encontrarse con el Ramos letrado… con el Ramos literario”. ¿Pero existe tal cosa? ¿Se sumergió Ramos en la historia Argentina por la necesidad pequeñoburguesa de expresar su talento literario? Pues claro que no, porque para Ramos el estudio de nuestro pasado es una herramienta indispensable para forjar la liberación nacional y social, un elemento indisociable de todo revolucionario. En palabras de Honorio Díaz, “la reconstrucción intelectual del pasado histórico es un campo donde combaten los antagonismos del presente político… ya que éste no puede prescindir del pasado”. Es así como en Ramos la indagación en el pasado tiene como meta repensar y reconstruir el presente.

Pero toda esta caterva de González cobra mayor importancia cuando se la piensa no mirando hacia atrás, sino pensando en el presente (como nos ha enseñado Ramos). Pues en definitiva, al sepultar al Ramos militante insinuando que su vocación política estaba supeditada a su labor editorial o publicista (cuando en realidad es al revés), consciente o inconscientemente está ninguneando las herramientas políticas que a lo largo de su vida pública fue ayudando a construir. Aun peor, niega la existencia de una corriente político-militante que continúa en esa labor. Y esto último tiene gran importancia, ya que toda la tinta emanada de la pluma de Ramos estuvo encaminada a la construcción de un partido revolucionario socialista, que fuera intérprete de la clase obrera y se constituyera en la vanguardia revolucionaria del frente nacional antiimperialista.

Su lucha política junto a muchos otros (Spilimbergo, Calello, Blas Alberti, etc.) estuvo encaminada a ese fin, sosteniendo incansablemente que los socialistas revolucionarios de la Izquierda Nacional debían constituirse en un partido que expresara los intereses de la clase trabajadora y con el cuál disputar la conducción del Frente Nacional Antiimperialista y empujar la revolución nacional más allá de los límites democráticos-burgueses.

En definitiva, tanto este prólogo de González como los sucesivos reconocimientos que realiza la pequeña burguesía progresista a la figura de Ramos, persiguen el fin de inmunizarnos del pensamiento revolucionario de la Izquierda Nacional. Presentando a Ramos como si fuera un academicista más, sin otro fin que contarnos el pasado como forma de pasatiempo y/o masturbación intelectual.

Deja una Respuesta

Tu correo electronico no será publicado.