¿Se suicida el kirchenerismo?

01Gustavo Cangiano•
Socialismo Latinoamericano.

Si los compañeros kirchneristas que han convertido a Norberto Galasso en su historiador de cabecera (al menos hasta que la burocracia del Instituto Manuel Dorrego decidió catapultar al versátil pero siempre dócil Pacho ‘Donnell a la cima de las preferencias oficiales), se dedicaran a leerlo con una mínima atención, encontrarían en sus relatos del pasado sugerentes observaciones aplicables a la la coyuntura actual. Porque si es cierto que Galasso escribe de historia más que de polìtica, cabría preguntarse,como él mismo se encargó de hacerlo más de una vez, ¿qué es la historia sino la polìtica del pasado? Este entrelazamiento entre historia y polìtica autoriza, en consecuencia, a efectuar algunas sorprendentes analogías entre la Argentina de 1922 y la de 2015.
Echemos un vistazo a “Don Hipólito”, la biografìa de Hipólito Yrigoyen que Galasso publicó bajo el sello Colihue en el año 2013, cuando Daniel Scioli era todavía mala palabra dentro del kirchnerismo. En el capítulo VIII de ese libro, Galasso habla de las alternativas que se presentaron en el año 1922, cuando tras haber cumplido su mandato iniciado en 1916, Yrigoyen no pudo acceder a la reelección por prescripción constitucional. ¿A quién designar sucesor entonces, ya que no estaba en el horizonte del yrigoyenismo el desafío de los preceptos constitucionales de la Repíblica Liberal? Leamos a Galasso:

“Finalmente, Yrigoyen cree encontrar su sucesor en un hombre que, por sobre todo, carece de toda posibilidad de acaudillar a las masas radicales, un hombre que -piensa Hipólito- escuchará su asesoramiento de manera permanente en esos próximos seis años y a su término le devolverá el poder. Con estas virtudes, no importa que se trate de un radical moderado o de derecha, pues, siendo al fin radical, no se desviará del camino emprendido en 1916. Ese hombre es Marcelo Torcuato de Alvear”.

¿No resulta verosímil concluir que Cristina ha fundamentado su decisión de nombrar sucesor a Daniel Scioli en consideraciones semejantes a las que Galasso atribuye a Yrigoyen? Scioli es, como lo era Alvear, un hombre de derecha. Sin embargo, por “carecer de toda posibilidad de acaudillar a las masas”, bien puede suponerse que “le devolverá el poder”  a “la jefa” en cuatro años, y que “no se desviará del camino emprendido”.

Véanse las semejanzas existentes entre Alvear —a quien describe Galasso como sigue— y Scioli:

“Marcelo tenía a su alrededor un alegre círculo de muchachos ‘bian’, era aficionado a todos los deportes, a los automóviles, frívolo y dispendioso, acostumbrado al París nocturno, cultor de los mejores vinos, las más lindas mujeres y los manjares más caros. Alvear había sido diputado nacional, sin mayor relevancia, entre 1912 y 1916. En 1917 Hipólito le ofreció, como un regalo, la embajada en Francia, cargo que ejerció Alvear gozosamente, compartiendo con otros diplomáticos el ocio, las fiestas y las condecoraciones, y allí tuvo roces con Hipólito, pues Marcelo era un afrancesado al cual no le gustaba la neutralidad de su patria. Durane el año 1922, Marcelo permaneció con su esposa, la soprano Regina Paccini, en París, despreocupado…”

Ciertamente, el farandulero Alvear tenía más “clase” que el farandulero Scioli. Pero ambos se revelan como orgánicamente ajenos a la tipología humana que cabría esperarse en dirigentes de un movimiento plebeyo, nacional y popular. E Yrigoyen no lo ignoraba. Como no lo ignora Cristina. Cuenta Galasso:

“Marcelo no es el hombre adecuado para continuar la ‘alpargateada’ comenzada aquel tumultuoso 12 de octubre de 1916. Sin embargo, para Hipólito resulta el hombre ideal para cubrir el requisito constitucional que impide su reelección, para luego recuperar la presidencia en 1928. El Pelado, como le decían a Alvear por su calvicie prematura, no ofrecía peligro de intentar desplazarlo como jefe de las masas populares y según creía Hipólito, tampoco intentaría hacer una política propia. Seguramente -pensaba- permitiría un interregno tranquilo -un gobierno radical que hiciese ‘la plancha’ durante seis años- para proseguir luego la ‘gran reparación’. Por eso lo elige, sin desconocer los defectos del candidato. Sabe que es radical, pero ‘radical galerita’, del ‘grupo azul’, es decir, la derecha del movimiento”

Es notable que la derecha radical también eligiese un color (aunque era el azul, de tradición unitaria, y no el naranja, cercano al amarillo de la traición) para identificarse. Pero prestemos atención a lo que escribe Galasso:

“De cualquier modo, por precaución, Hipólito postula como candidato a vicepresidente a Elpidio González, ejemplo de honestidad quien, en sus últimos años -allá por 1940- se ganará la vida vendiendo anilinas por la calles céntricas de Buenos Aires”.

Además, añade Galasso, Yrigoyen contaría con mayorìa de gobernadores y parlametarios propios. ¿Qué mayor garantía podìa pedirse? “La visión estratégica del Conductor”, seguramente habrán dicho muchos seguidores de Yrigoyen, va más allá de lo que el común de los mortales podìa entender.
¿Pero qué fue lo que sucedió?

La fórmula Marcelo T de Alvear-Elpidio González, de la Derecha yrigoyenista, duplicó los votos obtenidos por la Derecha antiyrigoyenista. Alvear alcanzó la Presidencia. Yrigoyen pudo creer que tenía todo controlado. Escribe Galasso:

“La jugada polìtica de Hipólito ha resultado muy arriesgada. Como señaló Angel Gallardo, al influir Yrigoyen en la Convención del Partido por el triunfo de la fórmula Alvear-González, su idea fue que gobernase Elpidio, pues a Alvear lo consideraba fácil de desalojar. Creyó Yrigoyen que en las primeras dificultades y molestias Alvear renunciaría y se volvería a Paris y que, en caso contrario, era fácil voltearlo con los resortes gubernativos que Yrigoyen pensaba conservar. (Entre paréntesis: ¿Eduardo Jozami se habrá inspirado en estas reflexiones citadas por Galasso cuando especuló con la futura renuncia de Scioli?)
Pero Yrigoyen -sigue narrando Galasso- se había equivocado y el primer indicio del error surgió de la formación del gabinete alvearista. Allí ya estaba en ciernes la escisión del radicalismo y la pérdida de los avances logrados en el Congreso Nacional y las provincias. La conformación del Gabinete de Alvear evidencia que la derecha del radicalismo se ha asentado en el poder. Contrariamente a lo que suponía Don Hipólito, el nuevo presidente convoca para cubrir los ministerios a hombres ajenos al radicalismo popular. Es el primer signo de que no está dispuesto a recibir órdenes, ni sugerencias, del ex presidente. Los personajes que ambulan por la Casa de Gobierno muestran otras vestimentas, otras costumbres y otro lenguaje que los que integraban el gabinete de Yrigoyen”

¿Y Elpidio González, el vicepresidente leal, la garantía de que no se cambiaría de rumbo, el Zannini de aquel momento? Dice Galasso:

“En medio de esta galería de ‘azules’ ha quedado el vicepresidente Elpidio González, hombre de absoluta lealtad a Don Hipólito y de alta entereza moral. Aislado, apenas puede ejercer sus funciones en el Senado”.

Ante estas circunstancias, sucedió lo que inevitablemente tenía que suceder: Continúa Galasso:

“En el transcurso de 1923 comienzan a darse dos fenómenos que conducen a la quiebra del movimiento nacional: por un lado, dirigentes de varias provincias le hacen llegar a Yrigoyen su protesta ante la polìtica que desarrolla Alvear, reclamándole su palabra condenatoria; por otro, hombres que en muchos casos se creía leales, obnubilados por el poder, se alejan de Yrigoyen y se adaptan a ‘la situación’, utilizando como argumento el ‘personalismo’ de Yrigoyen. Así nace el ‘antipersonalismo’, con el cual Alvear aparenta no tener ligazón alguna, pero al que otorga su apoyo subrepticiamente”.

Ciertamente, en 1928 Yrigoyen recuperó el gobierno. Pero su partido quedó dividido entre “personalistas” (los auténticos yrigoyenistas) y “antipersonalistas” (los radicales alvearizados). Con el partido dividido y con una oposición oligárquica fortalecida por la escisión alvearista, no tardó en llegar el golpe militar, que fue encabezado por Agustìn P. Justo, el jefe de Ejército impuesto por Alvear con la recomendación de asesores militares franceses (no confundir: Scioli prefiere asesoramiento yanqui). La designación de Alvear como sucesor se revelaba, entonces, como el gran error de Yrigoyen que condujo no sólo al derrocamiento de su gobierno, sino al final del ciclo histórico del yrigoyenismo en tanto expresión de un Frente Nacional Antiimperialista.

Jorge E. Spilimbergo, otro autor de la Izquierda Nacional, con mayor capacidad que Galasso para comprender las determinaciones sociales y los antagonismos de clase que subyacen tras las contingencias personales de los protagonistas de la historia, observa:

“Nadie hubiera pensado, frente a la victoria electoral sin precedentes de 1928, que a los dos años escasos la contrarrevolución oligárquica derribaría a Yrigoyen en medio de la pasividad y el desconcierto del conjunto de la población. Y, sin embargo, ya en el momento del triunfo el radicalismo se encontraba podrido hasta la médula. La suerte del radicalismo se decidió cuando Yrigoyen designó a Alvear para la presidencia. Un aluvión de aventureros y arribistas habían ingresado a la Unión Cívica desde mucho antes, especulando con sus perspectivas electorales y presupuestarias. Los años del poder acentuaron esta tendencia. Allá, en lo alto, el Jefe se mantiene incorruptible. Pero no ocurre lo mismo con muchos correligionarios. Tal es la suerte de las revoluciones triunfantes: ser estranguladas por su propia burocracia. Sólo amplias oleadas populares que las renueven o impulsen son capaces de remover la escoria parasitaria. Cuando el gobernante pone distancia entre él y su pueblo, y detiene la revolución en los caminos del orden, el espíritu burgués se apodera de la burocracia y el Estado se transforma en guardián y defensor de las clases dominantes”. (ver “Yrigoyen y la intransigencia radical”, Ed. Indoamérica, Bs As 1955)

En la alvearización del radicalismo, es decir, en la transformación del yrigoyenismo revolucionario en el radicalismo pequeñoburgués y conservador que sobrevive hasta nuestros dìas, anida una inmensa lección histórica que deberían tener presente todos los militantes nacional-populares que se disponen a aceptar sumisamente el entronamiento de Daniel Scioli porque así lo dicta el “designio inescrutable” de una “conductora infalible” con “visión estratégica”. Cristina dice que votó al FIP, es decir a la Izquierda Nacional, en 1973. Debió haber aprendido, entonces,  que los movimientos o frentes nacional-populares como el que ella pretende liderar no pueden avanzar retrocediendo. Daniel Scioli encarna el gran retroceso del movimiento kirchnerista que se nutrió para sus mejores logros de los aires renovadores del 2001, los cuales, lamentablemente, parecen estar en víaas de agotamiento. Daniel Scioli encarna la alvearización del kirchnerismo.
¿Habrá que empezar de nuevo?

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