Para Altamira, Perón y Videla compartían objetivo: aplastar a la vanguardia obrera

Por Gustavo Cangiano •

 La correcta línea demarcatoria se alza, como en una ocasión debió explicárselo el propio Trotsky a los Altamiras de su época, entre el Frente Nacional Antiimperialista de un lado y las “uniones democráticas” oligárquico-imperialistas del otro.

MovObrero2En su edición del 21 de mayo pasado, Perfil publicó una nota de Jorge Altamira en la que el jefe del Partido Obrero sostuvo que desde el Cordobazo y durante los años que precedieron al golpe de Estado de 1976 ha existido una identidad de fines políticos entre el peronismo y sus enemigos destinada a enfrentar a una “nueva generación combativa y lúcida de la clase obrera”. A esa finalidad habría respondido el levantamiento de la proscripción que pesaba sobre Perón. El error ultraizquierdista de las apreciaciones de Altamira tiene origen en su desconocimiento de la contradicción en torno a la cual se desarrolla la lucha de clases en un país semicolonial entre un bloque político-social de carácter nacional, democrático y antiimperialista y los círculos dominantes integrados por la oligarquía, la gran burguesía y el capital extranjero.

Altamira escribe que, desde el Cordobazo, “el poder político bajo cualquiera de sus configuraciones” tuvo “como su principal rival político” a la nueva generación obrera. ¿Qué quiere decir Altamira cuando escribe “cualquiera de sus configuraciones”? Quiere decir lo que siempre dice la ultraizquierda: tanto el bloque oligárquico-imperialista que había derrocado a Perón en 1955 como el mismo Perón actuaban mancomunadamente contra la clase obrera. Más aún: el bloque oligárquico-imperialista y Perón habrían sido sólo “variantes” burguesas (“configuraciones”) enfrentadas a la clase obrera.

La interpretación de Altamira convierte a Perón en un enemigo abierto de la clase obrera, y en representante político de sus explotadores. Si esto fuera cierto, entonces la tarea fundamental de un partido que pretende representar los intereses de la clase obrera habría sido enfrentar a Perón y al peronismo, tal como efectivamente lo hizo en su momento toda la pequeña burguesía ultraizquierdista, tanto la fracción terrorista del PRT-ERP como la fracción no terrorista (PO, morenistas, maoístas, etc.).

Tan enemigo de la clase obrera habría sido Perón que, según Altamira, el “levantamiento de su proscripción” habría obedecido a la necesidad de reprimir a los trabajadores. Altamira dice que “la militarización del país y el golpe comenzaron bajo el gobierno constitucional”, tanto “con la creación de la Triple A” como con el Navarrazo y con “la militarización de la cuenca del Paraná”.

Es decir, que Perón no habría regresado al país para retomar el camino de ningún proceso revolucionario interrumpido en 1955, sino para aplicar la más sangrienta política represiva contra la clase obrera. Perón habría sido, para decirlo sintéticamente, un líder político antiobrero y contrarrevolucionario. Se trata, obviamente, de un disparate mayúsculo. Pero como todo disparate mayúsculo, el de Altamira registra elementos de la realidad, sólo que con el objeto de darle al disparate un aire de verosimilitud. Para esto distorsiona el peso de esos elementos en el cuadro general que construye discursivamente. Es cierto que hacia la época del Cordobazo había emergido una nueva generación obrera “combativa y lúcida”. Pero no había emergido de la nada, como parece inferirse del cuadro que pinta Altamira, sino de la maduración de las condiciones de lucha existentes desde el golpe de 1955. La “lucidez” de esa generación obrera la conducía a entrelazar la perspectiva del socialismo con su propia identidad peronista o nacional-popular. Altamira debería explicar en qué consistía tal “lucidez”, si Perón, al que esa clase obrera apoyaba, había sido el ejecutor de la más sangrienta represión antiobrera conocida en la historia argentina, como él sostiene.

También es parcialmente cierto que la intensidad que iba cobrando la lucha de clases en el país condujo a ciertas fracciones del bloque oligárquico-imperialista a resignarse al retorno del “tirano” al que habían expulsado tres lustros atrás. Pero una cosa era resignarse a ese retorno, o inclusive verlo como un “mal menor”, y otra cosa muy diferente era tomar la iniciativa para que el retorno se produjera. A Perón no lo devolvieron al gobierno quienes lo habían echado en 1955, como creen Altamira y todos los ultraizquierdistas. Lo devolvió la resistencia y la lucha de la clase obrera y los sectores populares.

Sin embargo, ¿no es cierto que la “militarización” del país, es decir, la intensidad de la violencia política estatal, paraestatal y contraestatal recrudeció “bajo el gobierno constitucional”, como llama Altamira al gobierno de la revolución nacional instaurado en 1973?

Sí, es cierto. Pero abordar el análisis de esa “militarización” desde una perspectiva marxista obliga antes que nada a visualizar la significación política que la violencia general, y la violencia terrorista y contraterrorista en particular, adquirían. La interpretación de Altamira nada nos dice al respecto. Parecería que el Navarrazo, los crímenes de la Triple A y la represión de los metalúrgicos de Villa Constitución hubieran tenido el mismo significado político y social que el terrorismo de Estado desatado abiertamente a partir del 24 de marzo de 1976. Pero esto no es así.

La matriz del error ultraizquierdista de Altamira se sitúa en la incapacidad para diferenciar el campo nacional-popular hegemonizado por la burguesía nacional, del campo oligárquico-imperialista. Y esta incapacidad deriva de la absoluta incomprensión del desenvolvimiento de la Revolución Permanente en un país semicolonial como Argentina. Para Altamira, el gobierno peronista de 1946-1955 y el de 1973-1976 son meras “configuraciones del poder político” asimilables en su función histórica (reaccionaria y contrarrevolucionaria) a las del período 1955-1973 o 1976 en adelante. Es sorprendente, entre otras cosas, hasta qué punto semejante análisis presuntamente “obrerista” o “clasista” subestima la madurez y la “lucidez” de la clase obrera, que no sólo no habría sido capaz de darse una dirección política propia, sino que habría dado su más fervoroso apoyo… ¡al enemigo de clase!

Digámoslo directamente, a riesgo de escandalizar a Altamira. La “militarización” surgida del seno del gobierno peronista entre 1973-1976 tuvo dos objetivos primordiales: uno fue abortar la posibilidad cierta de que el proceso político evolucionara “hacia la izquierda”, trascendiendo las fronteras del “capitalismo autocentrado”, que era el programa histórico del peronismo. El otro fue defenderse de una restauración gorila. La “militarización” llevada adelante por la dictadura del 24 de marzo, en cambio, no tuvo como propósito principal aplastar una “salida de izquierda”, la cual ya había sido aplastada, sino abortar la perspectiva de “capitalismo autocentrado” del peronismo histórico (el cual, por otra parte, era a esa altura inviable). Dicho de otra manera: la Triple A o el Navarrazo fueron el puño represivo de la conducción nacional-burguesa del Frente Antiimperialista dirigido principalmente (pero no solamente) contra el peligro de un desborde de sus bases plebeyas, mientras que los Grupos de Tareas fueron el “terror blanco” del régimen semicolonial dirigido tanto contra el movimiento obrero y su vanguardia, como contra la perspectiva nacional-burguesa de un capitalismo con cierto grado de autonomía respecto del sistema imperialista mundializado.

El error de Altamira, en suma, consiste en trazar una línea demarcatoria equivocada que coloca de un lado a una abstracta clase obrera y del otro a las “configuraciones políticas” peronista (o hegemonizada por el peronismo) y antiperonista. La correcta línea demarcatoria se alza, como en una ocasión debió explicárselo el propio Trotsky a los Altamiras de su época, entre el Frente Nacional Antiimperialista de un lado y las “uniones democráticas” oligárquico-imperialistas del otro. La clase obrera y su vanguardia más “lúcida” no se colocan al margen de esta divisoria, lo cual implicaría aislarse y colocarse al margen de la historia, sino que son parte constitutiva del Frente Nacional Antiimperialista. El partido de los socialistas revolucionarios debe ayudar a que la clase obrera asuma la conducción de ese Frente.

Deja una Respuesta

Tu correo electronico no será publicado.