Ningún dictador

Facundo Cano •

30 de mayo de 2017 •

Manuel Noriega fue el último gobernante de un proceso profundamente revolucionario que se originó en Panamá tras la protesta estudiantil de 1964. El cual, traspasando las fronteras sociales de la juventud de clase media, permeó las filas de la Guardia Nacional y llevó a Omar Torrijos a protagonizar la asonada de octubre de 1968. Este movimiento con el tiempo adquirió características de creciente antiimperialismo, lo cual llama particularmente la atención en el contexto del país en el cual se dio.

Falleció Manuel Antonio Noriega, después de 28 años tras las rejas de la OTAN. Cumplía sin término a la vista una de esas condenas “ejemplarizantes” que arquetípicamente los dueños del planeta imponen a quienes se han rebelado contra ellos, y en particular a quienes se les han enfrentado con las armas en la mano. Conocida la noticia, de inmediato se sucedió en los diversos medios de difusión cercanos al planeta SIP (Sociedad Interamericana de Prensa) una verbosa catarata de invectivas sobre el difunto, las cuales no gozan de la virtud de la originalidad: “déspota”, “autócrata”, “tirano”, “narcotraficante”, “agente de la CIA” (paradójicamente, esta acusación en general proviene de abiertos simpatizantes de Estados Unidos). Y, la más repetida, “dictador”.

    Manuel Noriega no fue ningún dictador, sino el último gobernante de un proceso profundamente revolucionario que se originó en Panamá tras la protesta estudiantil de 1964. El cual, traspasando las fronteras sociales de la juventud de clase media, permeó las filas de la Guardia Nacional y llevó a Omar Torrijos a protagonizar la asonada de octubre de 1968. Este movimiento con el tiempo adquirió características de creciente antiimperialismo, lo cual llama particularmente la atención en el contexto del país en el cual se dio.

Noriega-SL

Panamá fue, bien puede decirse, una invención de Estados Unidos. Si bien había gozado de una efímera autonomía en la década de 1850, en los albores del siglo XX Panamá era una provincia de Colombia. Tras quedarse Estados Unidos con los derechos de construcción del canal interoceánico, la gran potencia firmó el tratado Herrán-Hay por el cual Colombia le cedía una auténtica franja de soberanía estadounidense en la citada provincia. Esto fue rechazado por el Senado colombiano, y casi de inmediato apareció un nutrido y vocinglero núcleo de “independentistas” panameños que solicitaron la invasión de Estados Unidos en apoyo de sus demandas, la cual se llevó a cabo sin solución de continuidad. El nuevo “país” firmó en 1903 un nuevo convenio con Estados Unidos, el tratado Hay-Bunau Varilla, que le cedía a perpetuidad la soberanía sobre la franja que precisamente necesitaban los norteamericanos para construir el Canal. Dicha obra se inauguró en 1914, tras una construcción signada por un costo humano altísimo. Miles de trabajadores murieron debido a las pestes propias del lugar completamente insalubre que había sido elegido para la obra. Una curiosidad: originalmente Theodore Roosevelt pensaba construir el canal interoceánico en Nicaragua, pero viendo en una estampilla de este país un volcán, se decidió por la alternativa panameña (intervención militar e “independencia” mediante) sin saber que se trataba de una imagen turística referida a volcanes inactivos. Y otra curiosidad, aunque algo más previsible: en nuestro país el Partido Socialista con Juan B. Justo a la cabeza aplaudió la invasión estadounidense y la secesión de otra parte de la Nación Latinoamericana, quedando aislado en su protesta e indignación el enorme intelectual argentino Manuel Ugarte, quien incluso habría de ser sancionado a causa de su disidencia por los dirigentes del autodenominado “socialismo de manos limpias y uñas cortas”.

     Una sociedad con creciente conciencia del desatino y genuflexión de sus dirigentes y de la condición profundamente colonial de su propio origen como país desató en la década de 1960 una serie de protestas contra la presencia yanqui en todos los aspectos de la vida panameña, y dicho proceso político-cultural siguió tras el golpe de Estado de 1968, ahora compartido por los dirigentes del país. Omar Torrijos, quien asumió la conducción en 1969, promovió al país en el Movimiento de los Países No Alineados e hizo conocido en el mundo entero el reclamo de soberanía de Panamá sobre la franja del Canal, mientras aplicaba una política económica de fuerte desarrollo del mercado interno mediante la multiplicación de obras públicas. Ayudado por la presión diplomática internacional que hábilmente volcó a favor del pequeño país, Torrijos logró que en 1979 Estados Unidos se comprometiera a devolver la franja del Canal a Panamá en una fecha concreta y precisa, el 31 de diciembre de 1999. El tratado Torrijos-Jimmy Carter constituye una hazaña histórica increíble considerando las diferencias de envergadura de todo tipo entre ambas partes contratantes.

     En 1981 Omar Torrijos muere en un accidente de aviación. Tras un breve interregno, lo sucede en la conducción efectiva del país el general Rubén Paredes y luego Manuel Noriega. Entretanto, Estados Unidos maniobraba para colocar en el poder a personalidades afines a su influencia, jugando, como lo haría con tanta frecuencia en las décadas posteriores, la carta “democrática”. El objetivo: arribar a la fecha de entrega del Canal con una dirigencia panameña que convirtiera dicha entrega en una pantomima, “cambiando algo para que nada cambiase” en el dominio efectivo de Estados Unidos sobre una zona tan sensible de su geopolítica. Una nube espesa de democratistas de nuevo cuño y de republicanos de indignación algo afectada brotó entre los aplausos de la prensa prooccidental: los Margarita Stolbizer y Alfredo Leuco de la época y el lugar, podríamos decir. Comenzaron las presiones sincronizadas de las “fuerzas vivas” que hoy sufre Nicolás Maduro y antes que él los distintos gobernantes no alineados con Washington a quienes el imperio aplicó sus afamadas revoluciones de color y primaveras más o menos tormentosas.

      No por ello el gobierno panameño aminoró su marcha revolucionaria: dando una muestra de audacia antiimperialista aún mayor que la del Tratado del Canal, en mayo de 1982 Panamá apoyó a la Argentina en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ante el pedido de sanciones por parte del Reino Unido tras la recuperación de las islas Malvinas el 2 de Abril, mientras todo el “mundo libre” cerraba filas en torno al colonialismo inglés y los países de la órbita soviética se conformaban con una prudente abstención. En efecto, por ese entonces Panamá integraba dicha institución como miembro transitorio, y fue su representante Jorge Illueca a quien debemos puntualmente los argentinos eterno agradecimiento por la valentía con que mantuvo en alto las banderas de soberanía de los países periféricos y solidaridad entre naciones del Tercer Mundo. Por su parte, Manuel Noriega hizo cerrar la Escuela de las Américas en 1984 y se aprestó con los años a un enfrentamiento armado de inexorable y trágico desenlace -que la habilidad personal de Omar Torrijos había eludido pero que en el marco del eje Reagan-Thatcher se veía inevitable- transformando a la Guardia Nacional de los tiempos proyanquis (una simple fuerza de seguridad) en las Fuerzas de Defensa de Panamá, de claro contenido castrense. 

      De poco le valieron a la revolución panameña tales preparativos: el 20 de diciembre de 1989 Estados Unidos conquistó el país en menos de una semana con 26.000 soldados dotados de la última tecnología frente a las 12.000 tropas de las Fuerzas de Defensa. Más de 3.000 muertos dejó la napoleónica victoria. Y bien hablamos de conquista y no de invasión o intervención, pues desde entonces Panamá ha dejado de ser un país. Se suceden los gobernantes títeres de fuerte perfil “democrático”, el dólar es la moneda de curso legal, y, en un destino conmovedoramente parecido al del Paraguay posterior a la Guerra de la Triple Alianza, el pequeño país se ha convertido en campo llano para las maniobras de toda clase de “hombres de negocios” de dedos rápidos. En ese marco arribó efectivamente la fecha del traspaso previsto en el Tratado del Canal, 1999, año en que Estados Unidos le pasó la gestión de la franja a una de sus marionetas presidenciales, que es como decir que se la entregó a sí mismo. 

      Manuel Noriega fue apresado y Estados Unidos lo exhibió enjaulado como Tamerlán lo hacía con los reyes que iba venciendo en su paso triunfal por Asia Menor. Se lo acusó de prácticamente cualquier cosa que hubiera en los libros de derecho penal exceptuando la tentativa de suicidio. Le llovieron así imputaciones de todo tipo recibiendo una condena de cuarenta años de prisión, luego otra de Francia por una cifra algo menor, y en los últimos años había sido trasladado a una cárcel de Panamá, que es como decir una cárcel de la OTAN.

     Hoy y en los días subsiguientes, la “prensa libre” que adora a la reina Isabel II de Inglaterra como un ejemplo de continuidad en el mando, condenará con acritud al fallecido y a la revolución torrijista como un ejemplo de la voluntad de aferrarse al poder por parte de un grupo de autócratas. Curiosamente, insisto, no encuentran condenable que una gobernante se aferre a su silla durante 65 años sin conceder, no ya una sola elección, sino tan siquiera un plebiscito para ver si sus gobernados están de acuerdo en serlo. ¡Y encima es la gobernante que ocupa nuestras Malvinas y mar circundante! En realidad, no les importa si quien se enfrenta a Estados Unidos es militar, civil, salido de una revolución, de un golpe o de elecciones impecables como en la Venezuela chavista. Todos ellos son, fueron y serán “dictadores”. Si, en cambio, acata las directivas de la OTAN, todo gobernante es un transparente demócrata, como la atornillada señora de marras o los simpáticos reyes de la Península Arábiga, con sus latigazos y amputaciones de manos tan entrañables para la prensa occidental y la SIP.

     Pero, por fortuna, la opinión de los pueblos no es la “prensa libre”. Es lo que está fuera de ella. Y entre los pueblos no se habrá de olvidar el ejemplo de valentía y gallarda independencia que nos dejaron los sucesivos líderes de la revolución torrijista. Entre ellos, Manuel Antonio Noriega. Honor para él y compromiso para nosotros.

 

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