Los trabajadores buscan un camino independiente, al margen de la burocracia

Por Gastón Otero

Mucho se ha hablado en esto2aPSL30-ogbs últimos años del aumento en la participación política por parte de los trabajadores y de la juventud, fundamentalmente.

Un indicio de esto puede verse en las estadísticas de afiliación sindical (las últimas se dieron a conocer en 2006) suministradas por la Encuesta de Indicadores Laborales del Ministerio de Trabajo de la Nación.

Otro aspecto se visualizó al momento de la apertura de paritarias hace ya 10 años, donde los sindicatos obtuvieron un papel protagónico, junto a la política derechohumanista llevada adelante por el kirchnerismo.

Las cúpulas sindicales mantuvieron su poder durante toda esta década a fuerza de requisitos proscriptivos al conjunto de los trabajadores, o acudiendo a métodos “persuasivos” para limitar o promover listas únicas en las elecciones entre otras artimañas.

Un caso paradigmático ha sido el de la UTA, que hizo uso de las famosas patotas sindicales. Y es este gremio en donde nacen los ahora conocidos Metrodelegados del Subte que, enfrentando a la burocracia sindical, consiguen ser reconocidos como legítimos representantes de los trabajadores del Subte. Cada línea de Subte tenía un representante de distinta procedencia partidaria pero los unía un horizonte de construcción alternativa a las tradicionales.

Este caso abrió un debate acerca de la posibilidad de independizarse de los sindicatos tradicionales, lo que evidenciaba la crisis de representatividad de éstos últimos y su consiguiente baja de afiliados que, en consonancia con el Ministerio, se esfuerzan en mantener escondidas.

¿Y qué se quiere decir, en parte, cuando se habla de la forma de “construir” de la burocracia? Se habla precisamente de la doble función que suele tener la burocracia sindical en donde, circunstancialmente, al producirse desbordes de las bases, actúa como dique de contención de las demandas y utiliza a sus patotas pero también promueve el desgaste psicológico en las bases, para que éstas desistan frente a sus reclamos. Mientras que otra función que cumplen es la de presionar a los empresarios y gobiernos, al promover en algunas ocasiones paros, pero negociando “a la baja” los reclamos de los trabajadores y, posteriormente, “vendiendo” el arreglo como “el mejor posible” dada la coyuntura, la relación de fuerzas o la falta de compromiso, incluso, de los propios trabajadores.

Una década de kirchnerismo ha dejado un saldo negativo en el Movimiento Obrero, al quedar tres CGT y dos CTA. Esta atomización ha debilitado aún más a todas las centrales y disciplinado a las oficialistas, mientras que “desde abajo” pueden visualizarse a diario tendencias desafiliatorias del conjunto de los trabajadores.

Un claro ejemplo de la debilidad del Movimiento Obrero puede verificarse al suprimirse “sorpresivamente” la discusión por el reparto de ganancias en 2011 a un escenario actual en el que la CGT oficialista intenta obtener una quita en el Impuesto a las Ganancias del medio aguinaldo del año corriente.

Otro dato significativo es la falta de datos del Ministerio de Trabajo en relación con la tasa de afiliación que, desde 2006, se encargaron de hacer invisible. Cabe destacar que, en ese último informe del Ministerio, si bien la tasa de afiliación por entonces era progresiva, se exceptuaban a trabajadores agrícolas y mineros. Esto, en parte, se corresponde con el nivel de trabajo precarizado que arrojan estas actividades.

Este panorama regresivo puede reproducirse, excepto que el conjunto de trabajadores, por medio de sus representantes de base, actúe de forma independiente al promover instancias de deliberación y decisión, rompiendo con las formas verticalistas, prebendísticas y disciplinadoras de las burocracias.

La unidad del Movimiento Obrero no puede ni debe ser una simple proclama, sino que se deben establecer puntos programáticos que se diferencien claramente de la burocracia, trazando un horizonte político organizativo que sea digno de la clase trabajadora. Es importante, para ello, aspirar a que los trabajadores pasen a ser quienes controlen la producción, las ganancias y sean los verdaderos artífices de un cambio en el sistema social que hoy nos oprime y hunde en la dependencia absoluta.

Para esto, avanzar políticamente, implicaría, sin duda alguna, nacionalizar la banca, el comercio exterior y un férreo control en la planificación de los recursos estratégicos del país.
Éste deberá ser el puntapié inicial del cambio en el marco de un Frente Nacional Antiimperialista.

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