Los militares en la política

Seguridad nacional es un concepto que puede prestarse a múltiples interpretaciones, que van desde la plasmada en la tristemente célebre “Doctrina de la seguridad nacional” hasta una visión integradora e incluyente donde la defensa de los valores culturales, políticos y económicos de una nación es prioritaria. En cualquier caso, las fuerzas armadas desempeñan un papel determinante.

Daniel N. Moser •

Publicado originalmente en 2000, en la revista mexicana Diálogo y Debate

La seguridad nacional en el primer mundo

Existen innumerables ejemplos de cómo los países hegemónicos practican la política nacionalista, defensora del interés nacional, que desaconsejan a los nuestros:

  1. Cuando los árabes amenazaron con adueñarse de la Mercedes-Benz a finales de los ochenta, el Deutsche Bank intervino en representación de la economía alemana para adquirir las acciones ofrecidas en venta.
  2. La Airbus, fabricante de aviones civiles, propiedad de los gobiernos británico, francés, alemán y español, se creó para quebrar el monopolio estadounidense y capturar un tercio del mercado mundial a mediados de los noventa. Para tener éxito, la Airbus necesitó 26 mil millones de dólares de inversiones oficiales y un mercado cautivo en forma de líneas aéreas de propiedad oficial.
  3. En Alemania, el proteccionismo está bien arraigado y resulta eficaz. Por ejemplo, las telecomunicaciones, la banca, los seguros, los servicios eléctricos y las industrias químicas actúan de hecho como cárteles, y es muy difícil que una empresa extranjera ingrese en esos mercados sin un socio alemán.
  4. Japón ofrece muestras claras de nacionalismo. Nada podría ser más japonés y menos global que una empresa japonesa, aunque funcione en los cinco continentes. Los que deciden son japoneses, los accionistas también; la organización, la investigación y el desarrollo son japoneses.

En todas las potencias también existen infinidad de obstáculos que confirman la falacia del “libre mercado”; éstos incluyen leyes restrictivas, masivos subsidios oficiales y sofisticadas y burdas barreras a las importaciones, cuya enumeración podría llenar las páginas de un voluminoso libro.1

El papel político de las fuerzas armadas en América Latina

En muchos momentos durante el siglo XX –en el XXI se dieron casos en Honduras y Ecuador, por ejemplo–, las fuerzas armadas latinoamericanas han actuado como guardianas de los intereses de las minorías vernáculas aliadas a factores de poder mundial. Pero es necesario, en una evaluación objetiva, hacer mención de su doble papel histórico, que también las ha puesto al lado del pueblo.

El antimilitarismo abstracto –en gran medida fomentado por la funesta participación que generalmente han tenido las fuerzas armadas en la política– suele impedir una comprensión del papel que las instituciones armadas desempeñan en la historia de nuestro continente.

Si los militares debieran encerrarse en sus cuarteles, tal vez los abogados en sus bufetes, los médicos en sus consultorios y los obreros en sus fábricas, habría que crear entonces una clase política en la que no participara nadie más que “políticos de carrera”. El punto no resiste el análisis.

El problema no es la participación de los militares en la política, sino la forma en que lo han estado haciendo.

La doble moral que subyace en la política del imperialismo2 se ha puesto de manifiesto una y otra vez a la hora de reconocer o desestabilizar gobiernos surgidos de acciones militares. Ejemplo del primero es el de Pinochet en Chile; para el segundo caso vale el de Torrijos en Panamá.

Los ejércitos y el Estado nacional

Desde los levantamientos de la Revolución francesa y la desaparición de la Santa Alianza, la consolidación de la democracia burguesa y el fortalecimiento del Estado nacional se lograron, en gran parte, gracias a la participación de los ejércitos plebeyos de Europa.

Dos siglos antes, el ejército de los “cabezas redondas” de Oliverio Cromwell había asegurado los derechos de la burguesía urbana y de los comerciantes puritanos con la decapitación de Carlos I. Cortarle la cabeza al rey para asegurar el desarrollo de la democracia en Inglaterra no es un argumento muy oído, pero sucedió.

A las grandes potencias no les agrada recordar su pasado revolucionario, pues ahora están en otra cosa: evitar las revoluciones que pongan en peligro su hegemonía. Parece haber una memoria selectiva que pretende dejar en el olvido la íntima relación que existe entre la revolución y la democracia. Pero la historia se empeña en recordarlo.

Un siglo antes de la Revolución francesa, el ejército de Cromwell garantizó los derechos del común y la soberanía nacional de Inglaterra. Por contradictorio que parezca, los ejércitos fueron pilares en la consolidación de las democracias que hoy exhiben como modelos los países centrales.

Hoy, con arsenales sofisticados capaces de destruir varias veces el planeta, son esos mismos países los que, al tiempo que fomentan el militarismo propio, denuestan el de América Latina, por ejemplo.

La razón es muy sencilla: el militarismo de sentido nacional implicaría la participación de los ejércitos latinoamericanos en un proceso político destinado a consolidar al Estado nacional y el proceso de integración en marcha; retomarían de esta manera el papel histórico que practicaran en los tiempos de Bolívar y San Martín.

Cuando el militarismo ha sido fomentado en nuestro continente por los países hegemónicos, lo ha sido con el interés de crear enfrentamientos. Tal fue la histórica y eficiente política británica en América del Sur, al imponer la máxima “divide y triunfarás” entre los ejércitos de Chile, Argentina y Brasil.

Ejército y capitalismo

Si bien todos los ejércitos de Europa cumplieron de un modo u otro fines análogos al de Cromwell en Inglaterra, esto es, contribuir a la formación de los modernos estados nacionales y permitir de tal modo el desarrollo de una economía capitalista y una sociedad burguesa, ya antes los países europeos se habían lanzado a la conquista rapaz del resto del mundo.

Tal proceso político modificó –no podía ser de otra forma– el sentido puramente nacional de sus fuerzas armadas. Así, se transformaron en ejército de ocupación y adquirieron un papel agresor –imperialista.

En los países del tercer mundo que habían sido tomados como colonias, no existía de hecho un ejército nacional. El ejército extranjero actuaba como fuerza de ocupación. Así sucedía con el ejército francés en Argelia y Vietnam, por ejemplo.

[…] en países semicoloniales que deben realizar su unidad nacional, el partido revolucionario debe elaborar una política frente al ejército. […] nos hemos referido a la diferencia funcional entre el ejército argelino y el ejército francés, para tomar el ejemplo más simple. En el ejército argelino sus jefes socialistas no eran marxistas; por el contrario, lo dirigían jefes de la burguesía nacional y lo apoyaban hasta jeques feudales. Pero a excepción del Partido Comunista Francés, que se opuso a la independencia de Argelia, todos los revolucionarios del mundo sostuvimos la causa argelina. Era imposible situar en un mismo plano al ejército del mayor Gualberto Villarroel en la Bolivia de 1943 que al ejército “democrático” del general Mac Arthur, en la misma época.3

Las guerras nacionales de liberalismo surgidas a finales de los cuarenta alumbrarían ejércitos no profesionales que desplazarían a las fuerzas colonialistas.

Si en sus primeros tiempos la colonización se caracterizó por el saqueo y la brutalidad que ejercían las potencias “civilizadas”, en sus etapas posteriores el saqueo continúa, pero la imposición por la fuerza ha sido desplazada a un segundo plano.

La manipulación de los sistemas cultural y educativo ha posibilitado un sometimiento más sutil y efectivo. Con él se ha ido incorporando a sectores de las sociedades de las colonias o semicolonias (jurídicamente estados soberanos, políticamente dependientes) al esquema de dominación.

Los países agresores representan la “civilización”, y sus culturas nacionales se transforman en algo esencialmente contradictorio, como la “cultura universal”.

Los militares, como los intelectuales, cayeron en la trampa, y muy pocas fueron las excepciones. Para quienes pretendían escapar del “sistema”, éste les reservaba el aislamiento y el repudio.

La tradición de los ejércitos libertadores era sepultada, y una campaña insidiosa, impulsada con el fin de dividir a los países del continente, se imponía. Los medios de comunicación son un instrumento esencial para el éxito de esta política.

Los dos ejércitos

Con mayor claridad en unas naciones que en otras, América Latina vio el surgimiento de lo que podríamos llamar “el fenómeno de los dos ejércitos”.

Dentro de las instituciones armadas se perfilaron dos corrientes globalizadoras de la expresión política militar. Una de ellas estuvo representada por figuras como los generales Torrijos de Panamá, Perón de Argentina o Velasco Alvarado de Perú, quienes en distintos momentos históricos iniciaron procesos revolucionarios que contaron con amplio respaldo popular y el hostigamiento de Estados Unidos, convertido ya en primera potencia. Hoy es un caso paradigmático el de Hugo Chávez en Venezuela.

La otra corriente política de las fuerzas armadas, aliada o al servicio de los grupos minoritarios pero poderosos de la sociedad civil, es la que ha venido aplicando la doctrina de la seguridad nacional impulsada por Estados Unidos, con las trágicas consecuencias conocidas. Pinochet en Chile y Videla en Argentina son dos generales que simbolizan contundentemente esta corriente, que se ha venido imponiendo en las últimas décadas.

La insurrección militar de 1992 frente al gobierno constitucional de Carlos Andrés Pérez en Venezuela fue la manifestación política de un sector –mayoritariamente compuesto por oficiales jóvenes– de las fuerzas armadas que no es semejable a experiencias como las de Pinochet o Videla.

La diferencia sustancial está marcada por la simpatía despertada entre amplios sectores de la sociedad, al punto que pocos años después el líder de dicho movimiento, el teniente coronel retirado Hugo Chávez, obtiene un contundente 56% de los votos en unas elecciones presidenciales cuya transparencia nadie cuestionó. Sólo los “iluminados” promotores de una democracia formal sin contenido, cegados por prejuicios antimilitaristas, podrían poner en tela de juicio la legitimidad de la representatividad que posee Hugo Chávez. La historia nos dirá si el pueblo venezolano se equivocó o no, pero descalificar al presidente de Venezuela por su origen militar es inaceptable.

La democracia no es patrimonio de los civiles que, por cierto, en Venezuela, como en muchos otros países de América Latina, no sólo no la han sabido ejercer, sino que hasta la han prostituido, haciendo de la política un instrumento de ambiciones personales o sectoriales, con su consiguiente desprestigio y el de la función pública ante los ojos de la gran mayoría de la población.

Para bien o para mal, según los casos, las fuerzas armadas han cumplido un papel destacado en la política de América Latina. Resulta absurdo pretender mantenerlas al margen. Parece más sensato replantear su papel en las nuevas circunstancias.

Durante la revolución de 1905, Lenin advirtió la inquietud y perplejidad que los acontecimientos ejercían en el ánimo de los oficiales y soldados del ejército zarista. En su libro La revolución democrática y el proletariado, señalaba que después de la insurrección del acorazado Pontemkin grandes sectores de la oficialidad zarista (formada en parte por la nobleza) vacilaban en su fidelidad al zar, se amotinaban y se pasaban al campo revolucionario. Lenin consideraba ese hecho como un episodio fundamental para el destino de la revolución, y enseñó durante toda su vida que la clase obrera y el pueblo no pueden por sí solos tomar el poder sin una profunda crisis en los órganos de coacción y sin que parte de éstos se pronuncien por la causa revolucionaria.

Esto ocurría en la Rusia imperial, en el seno de la autocracia, donde la oficialidad provenía de familias y generaciones de terratenientes, donde todavía reinaba la servidumbre y donde los privilegios de casta y de clase revestían un carácter monstruoso. Ocurría en el ejército de un imperio que oprimía a más de sesenta nacionalidades, no en países como los de América Latina, donde los generales son nietos de inmigrantes o hijos de almaceneros.4

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La centralización nacional del poder

La principal diferencia entre los países desarrollados y los subdesarrollados no es el avance tecnológico, los volúmenes del producto interno bruto, el ingreso per cápita o la capacidad de decisión frente a los principales temas que afectan al mundo en su conjunto. Todos estos factores, y muchos otros de igual o mayor importancia, son consecuencia de una diferencia esencial: la centralización nacional del poder, definida someramente como la capacidad de un país de instrumentar su política de manera soberana.

Es una verdad de Perogrullo que, ahora más que nunca, la gran revolución de las comunicaciones acentúa la interrelación mundial y hace que toda acción de importancia repercuta en escala internacional con distinto grado de trascendencia dependiendo del país que la genere, pero la revolución de las comunicaciones no tiene tanto tiempo y el fenómeno al que nos referimos se remonta al origen de nuestras patrias.

El carácter semicolonial (soberanía formal y subordinación real) de los países latinoamericanos determina que las fuerzas armadas estén sujetas a todo género de influencias. Sin embargo, como la debilidad histórica de nuestros países se manifiesta en la deficiente centralización nacional del poder, las fuerzas armadas, esencialmente centralizadas en su organización, se convierten en un objetivo clave de la política de dominación de las grandes potencias. Esto se volvió particularmente importante hoy, por varias razones:

  1. En los países de América Latina, las dictaduras cívico-militares ya hicieron el trabajo sucio.
  2. Ahora, el lugar de las dictaduras lo ocupan democracias formales que llevan a cabo la misma política: debilitamiento del papel rector del Estado, extracción de riqueza y concentración de la que queda en el minoritario grupo interno de aliados de los poderes hegemónicos.
  3. Esta política de drástica concentración de la riqueza trae como inevitable consecuencia una crisis económica de la que deriva la protesta social.
  4. El proceso histórico de dictaduras cívico-militares seguidas por seudodemocracias ha generado una clase política corrompida y carente de imaginación, salvo contadísimas excepciones, que no tiene capacidad de responder a la grave crisis.5
  5. Lo que la propaganda de los países del centro del capitalismo mundial difunde como un problema esencialmente económico, un asunto “inevitable” consecuencia de la globalización, es en realidad el mismo proceso de explotación colonial de la periferia del mismo sistema, que se viene registrando desde hace siglos y cuyo procedimiento se adecua a los tiempos: en un principio mediante la satrapía sangrienta y descarada de los corsarios, ahora a través de la elegante sofisticación de los tecnócratas neoliberales. El resultado es el mismo: los países empobrecidos (que no necesariamente pobres) garantizan el nivel de vida del primer mundo mediante, por ejemplo, la sangría de miles de millones de dólares por concepto de intereses de la fraudulenta e inmoral deuda externa.

El “peligro” interno

Las fuerzas armadas, brazo armado de un proyecto político que a través de su variable económica evidencia más crudamente su objetivo, son llamadas nuevamente a ser protagonistas como represoras de las manifestaciones sociales de la inconformidad. Ahora no es la excusa el comunismo, sino una realidad concreta: los cientos de millones de latinoamericanos hambrientos. Los grandes estrategas del poder mundial quieren soluciones drásticas y que otros se llenen las manos de sangre; si se matan entre compatriotas, mejor.

En tal contexto, las rebeliones de sectores militares, como el de los carapintada en Argentina o los bolivarianos en Venezuela, que no dejaron de obtener simpatía entre sectores populares, adquirieron un carácter original y peligroso para el proyecto político que comentamos, cuyos hitos más importantes son, hacia atrás, el golpe del general Pinochet y, en el presente, la “democracia” de los tecnócratas graduados en las universidades del primer mundo.

Las fuerzas armadas de aquí y allá

En una primera potencia, como Estados Unidos, donde el poder de la sociedad capitalista es altamente centralizado y su política internacional está rotundamente determinada por los intereses nacionales, donde existe una burguesía nacional interesada por el desarrollo de su país, las fuerzas armadas cumplen un papel complementario. Fueron el brazo armado de un proyecto nacional que consideraba, de una u otra forma, por la riqueza de una potencia económica en auge, el bienestar de toda la sociedad. Hoy, a pesar de que amplios sectores de la sociedad estadounidense están padeciendo las penurias del tercer mundo, este papel no se ha modificado… por ahora. La participación del ejército en los graves disturbios de 1992 en Los Ángeles fue un primer ensayo.

En América Latina, si dejamos de lado las particularidades de cada región y de algunos países en especial, las características fundamentales del papel de las fuerzas armadas han sido dos: haber participado en la fundación de la nación, un hecho esencialmente político, y su alianza ambivalente, unas veces con el pueblo (lamentablemente, las menos) y otras con la oligarquía vernácula.

La politización de las fuerzas armadas, una necesidad

Por razones materiales o de formación cultural, las clases dominantes de nuestros países han estado siempre ligadas estrechamente a los centros mundiales de poder. Tal relación, obviamente, determina que en la mayor parte de los casos estas minorías asuman como propios valores y puntos de vista que son esencialmente ajenos y hasta contrarios a los intereses de su propio país.

Si uno examina con detenimiento la historia de los golpes de Estado en América Latina, observa que la influencia de las oligarquías sobre las cúpulas de las fuerzas armadas es determinante. Detrás de cada Pinochet, de cada Videla, hay uno o más civiles que marcan el camino. Además, es materialmente imposible que cualquier estructura militar pueda conducir con mínima eficiencia los cientos de miles de puestos que exige el funcionamiento de la administración pública si no cuentan con el apoyo –y generalmente la dirección– de sectores políticamente organizados de la sociedad civil y, no pocas veces, de partidos políticos “democráticos” y hasta de “izquierda”. Por eso se hace imprescindible hablar de dictaduras cívico-militares, no militares a secas.

Las fuerzas armadas forman parte de la sociedad, no están al margen de ella ni son una sociedad aparte. Cada uniformado ve la televisión, sale de compras y tiene una opinión como cualquier ciudadano. Su formación militar no tiene por fuerza que aislarlo de la sociedad; si lo hace, es como resultado de una política predeterminada que busca insensibilizarlo ante los problemas sociales para que pueda ser un buen represor de quienes se rebelan contra la injusticia y la violencia de los que ejercen el poder, reflejada en desocupación, corrupción e impunidad.

Si así no fuese, y se volviese a dar la comunión entre el pueblo y el ejército, ¿cuál sería el destino de las minorías que hoy concentran el poder y la riqueza?

Si bien existen –y son necesarias– normas que regulan la actividad política partidista de los militares, la politización –en su sentido más amplio, el del interés por los asuntos de la sociedad en la que se vive– de las fuerzas armadas es una necesidad imperiosa. Cada soldado debe tener plena conciencia de para qué empuña su arma; debe tener la formación histórica, política, económica y social que le permita discernir cuándo está sirviendo a los intereses de la nación y cuándo se convierte en mercenario de las minorías aliadas a intereses ajenos.

Quienes asumen el compromiso político de luchar por una sociedad realmente justa deben saber que para cualquier transformación radical de nuestros países, para bien o para mal, como lo confirma la historia, es necesario contar con la participación de las fuerzas armadas. Los defensores del statu quo las han sabido manipular aislándolas del pueblo y educándolas a favor de sus intereses. Quienes han tratado de eliminarlas han comprobado trágicamente su error. ¿No será hora de incorporarlas a la lucha por los verdaderos intereses de la nación?

 

Referencias
1 Interesantes datos pueden recabarse sobre este tema en el libro La guerra del siglo XXI, de Lester Thurow, Buenos Aires, Vergara, 1992.
2 Imperialismo, colonialismo, semicolonias, oligarquía, revolución, tercer mundo o subdesarrollo son términos “pasados de moda”, según la visión de los profetas del “fin de la historia” y sus ignorantes o interesados promotores, pero de absoluta vigencia conceptual para quien esto escribe. El hecho de que la revolución tecnológica haya permitido a quienes ostentan el control de la política mundial priorizar la televisión, la radio y los medios gráficos por sobre los misiles no quita que los fines y sus resultados sigan siendo los mismos. Ayer, la política del garrote; hoy, la “libertad del mercado”.
3 Jorge Abelardo Ramos, El marxismo de Indias, Barcelona, Biblioteca Universal Planeta, 1973.
4 Idem.
5 La camada de tecnócratas que viene gobernando en la mayoría de los países de la periferia del sistema capitalista mundial, desde los puestos más disímiles, se caracteriza por su profundo desprecio de la realidad nacional. Su educación, forjada mayoritariamente en las universidades de las principales capitales del primer mundo, los ha formado para ver la realidad del país que gobiernan desde la estratosfera, con la óptica que en los países hegemónicos se tiene de los nuestros. Así, mientras que no nos asombra que para un investigador o funcionario alemán, por ejemplo, el hambre de miles de latinoamericanos sea un dato estadístico más, sí nos debe indignar que dicha visión sea compartida por nuestros gobernantes.

 

Un problema de fondo, que merece ser tratado aparte, en profundidad, es que mientras en el pasado los intelectuales se ocupaban en asesorar a los gobernantes con ideas originales, hoy se han vuelto, con alguna que otra extraña excepción, justificadores del poder.

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