La revolución bolivariana entró en una nueva fase. A paso de vencedores

Dos semanas después de haber aplastado a la oposición en el referéndum confirmatorio de su mandato el 15 de agosto de este año, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, dio orden de profundizar la aplicación de la ley de tierras de ese país, poniendo en práctica los mecanismos expropiatorios destinados a erradicar los predios improductivos. La ley aprobada en noviembre de 2001 contempla una escala de gravámenes sobre las tierras no explotadas mayores de 5.000 hectáreas y la expropiación, en aquellos casos en que sus propietarios decidan mantenerlas improductivas. Además, la norma obliga al gobierno a recuperar las tierras del Estado ocupadas ilegalmente, y proceder a su distribución entre los campesinos, promoviendo su organización en cooperativas.

 

Por Osvaldo Calello. Octubre de 2004.

 

En Venezuela el censo agrícola de 1998 reveló que el 70% de las tierras productivas de buena calidad están en manos del 20% de terratenientes con más de 500 hectáreas. En cambio, apenas 6% de esa superficie se distribuye entre el 75% de los agricultores. El censo señaló, asimismo, que el 60% de los productores no tiene ningún título de propiedad sobre las tierras que trabaja. Esta concentración de riqueza y parasitismo social, se reflejan en el siguiente hecho. Bajo el antiguo y degradado régimen de socialdemócratas y socialcristianos, el país debió importar el 70% de los alimentos. Al mismo tiempo, durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez, el 80% de los venezolanos llegó a estar por debajo de la línea de la pobreza.

En Venezuela el régimen de tenencia de la tierra tiene una importancia capital. Prueba de ello es que Supremo Tribunal de Justicia, controlado por una putrefacta oligarquía judicial, anuló los artículos de la ley que disponían la ocupación preventiva de la tierra por los campesinos una vez iniciado un proceso por usurpación contra falsos propietarios, y la prohibición de cualquier tipo de indemnización a quienes, habiendo ocupado ilícitamente tierras del Estado, hubieran construido o mejorado instalaciones. La ley había sido denunciada por los terratenientes venezolanos como un atentado a la propiedad de inspiración castrista, y significativamente, la primera medida que tomó la dictadura patronal de Pedro Carmona, surgida del golpe de Estado de abril de 2002, fue su anulación.

Sin embargo la ley no tiene en sí nada de subversiva y su normativa se encuadra perfectamente en las relaciones de propiedad del régimen capitalista. Prevé, como en cualquier país en el que rija el sagrado derecho del capital, indemnización para aquellos terratenientes recalcitrantes. Incluso, a fines agosto, al iniciar una nueva etapa en su aplicación, Chávez hizo un llamado a los propietarios con vistas a llegar a un acuerdo para poner las tierras a producir.

 

Las enseñanzas de la Revolución Cubana

En realidad, lo que confiere un nuevo sesgo a la situación es la naturaleza parasitaria de los grandes capitalistas y terratenientes venezolanos, refractarios a cualquier reforma que tienda a desplazar el eje de la renta por un patrón de acumulación fundado en la producción y reproducción de capital productivo. La referencia al castrismo y en última instancia a la Revolución Cubana, es el fantasma que presiona sobre el imaginario de las viejas clases dominantes que no están dispuestas a ceder nada que afecte, aunque sea en parte, su posición de privilegio. En este sentido el peligro existe: forma parte de la alternativa que encierra la dialéctica del cambio social en los países atrasados y dependientes, que inician un proceso de transformación de sus estructuras sociales. De forma tal, la Revolución Cubana es un buen ejemplo de la dinámica que adquiere la lucha de clases, en los procesos de revolución nacional-democrática que se desarrollan en los países dominados por el capital imperialista.

En Cuba un grupo revolucionario en armas avanzó ininterrumpidamente desde la fase inicial de una revolución democrática, hasta el programa de la revolución agraria y, desde ahí continúo su marcha apoyándose en una serie de medidas de corte socializante que llevaron a la confrontación con las relaciones de producción y de propiedad existentes. Para poder afirmarse en la lucha contra la dictadura, Fidel Castro y sus compañeros debieron ganarse el apoyo del campesinado radicalizando el programa democrático en el sentido de la revolución agraria. Hasta entonces las reivindicaciones democráticas de la guerrilla habían despertado simpatía y respaldo en buena parte de la burguesía cubana, harta del despotismo y la putrefacción del régimen de Fulgencio Batista, y también en el ala liberal de la política, el periodismo y los negocios de Estados Unidos. Sin embargo, el enfrentamiento con los terratenientes imprimió un giro decisivo a la revolución, y de ahí en adelante el programa de los revolucionarios de Sierra Maestra adquirió un sesgo marcadamente antiimperialista. En la medida que los intereses de los dueños de los latifundios y las grandes plantaciones estaban estrechamente entrelazados con los del capital extranjero y éstos con los de la burguesía comercial portuaria, las medidas de democratización de la estructura agraria llevaron inevitablemente a un enfrentamiento con el bloque de clases que controlaba el poder, y con el sistema de propiedad que garantizaba legalmente sus negocios.

Particularmente, la reacción tardía pero certera del imperialismo norteamericano, que advirtió la proyección latinoamericana que podía alcanzar la revolución, le dio al enfrentamiento un carácter definitivo. Una fuerte corriente de acontecimientos impulsó a los insurgentes hacia delante. Así, el democratismo liberal que constituyó la ideología inicial de la pequeña burguesía revolucionaria alzada en armas contra la dictadura, se radicalizó sobre la marcha como ideología antiimperialista y anticapitalista, mientras que al mismo tiempo las tareas agrarias, nacionales y democráticas encontraban un curso de transición hacia el socialismo.

 

La revolución nacional-democrática y el socialismo

De esta forma la experiencia cubana confirmó en América Latina la teoría de la revolución permanente que León Trotsky había formulado por primera vez en 1905, a la luz de los acontecimientos revolucionarios que se sucedieron ese mismo año en el antiguo imperio de los zares rusos. En su formulación más general esta teoría sostiene que las tareas democráticas, nacionales, agrarias, que debieran ser dirigidas por la burguesía nacional de los países atrasados, adquieren un nuevo contenido impulsadas por el frente único de las grandes masas obreras y campesinas bajo el mando del partido de los trabajadores. La ausencia de la burguesía nativa a la hora en que las condiciones de la revolución burguesa están maduras, determina que el programa nacional-democrático avance más allá de los límites de las relaciones de producción y de propiedad características de la sociedad capitalista, y abran un período de transición hacia la revolución socialista. A su vez, es la inexistencia de una separación por etapas entre una y otra revolución, lo que le confiere al proceso de radicalización un carácter permanente. En los países de la periferia capitalista en los cuales conviven el atraso del mundo agrario con focos de civilización urbana creados por el imperialismo, la historia suele desenvolverse combinando distintos momentos, producto de lo cual los trabajadores y las grandes masas populares que los apoyan pueden llegar antes a tomar el poder que en los países adelantados, pero deberán recorrer un camino más largo para alcanzar el socialismo.

En Cuba la pequeña burguesía revolucionaria, organizada en la guerrilla, ocupó el lugar de un partido obrero inexistente, y para poder doblegar la resistencia de las viejas clases dominantes y la presión asfixiante de imperialismo norteamericanos, debió fijar objetivos socialistas a la lucha antiimperialista. La tendencia a la internacionalización de la revolución contenida en el núcleo de la teoría de 1905, en este caso el desenvolvimiento latinoamericano de la Revolución Cubana, fue trágicamente sustituida por la relación con la burocracia soviética y por una concepción errónea de su papel en el terreno internacional de parte de la dirección castrista. Sin embargo, al igual que en la revolución campesina dirigida por el partido comunista de Mao Tse-tung, el nuevo poder revolucionario sólo pudo consolidarse superando el contenido burgués de las tareas originales, mediante la aplicación de medidas de nacionalización de los principales medios de producción y de cambio y el reparto de la tierra.

 

Una nueva etapa

En Venezuela la lucha de clases, intensificada tras el golpe de Estado de abril del 2002 y de la huelga petrolera de fines de ese año, ha impreso un sesgo particular al proceso bolivariano.

El 16 de mayo de este año, tras la detención de 102 paramilitares colombianos ingresados al país para tomar parte de un nuevo golpe de Estado, Chávez anunció en Caracas, ante una manifestación de un millón de seguidores, el inicio de una nueva fase de la revolución: “Lo ratifico aquí: La Revolución Bolivariana después de cinco años y tres meses de gobierno, después de haber pasado por varias etapas, ha entrado en la etapa antiimperialista. Esta es una revolución antiimperialista y eso la llena de un contenido especial que nos obliga al pensamiento claro y a la acción no sólo en Venezuela sino en el mundo entero”. Sostuvo además que “está dada la orden de operaciones. Que comience pues desde hoy mismo la organización popular y militar para la resistencia, para la defensa del país, porque esta revolución seguirá avanzando a paso de vencedores”. Asimismo formuló un llamado a “la unión del pueblo con las Fuerzas Armadas”, a través de la convocatoria a filas de los reservistas y la preparación de hombres y mujeres dispuestos a organizarse para recibir instrucción. El planteo incluyó un pedido a los jefes militares para que separen de las Fuerzas Armadas a “los quinta columna de traidores”. Días antes, seis altos oficiales complotados para participar en la toma de la base aérea La Carlota y bombardear el Palacio Miraflores, habían sido detenidos.

Para avanzar en el programa de la reforma agraria y la política antiimperialista, Chávez se apoya fundamentalmente en los trabajadores y en las grandes masas populares, excluidas tradicionalmente de la política y de la sociedad venezolana, y en la oficialidad y suboficialidad patriótica de las Fuerzas Armadas. El papel centralizador que tiende a desempeñar el Estado, a pesar del inercia del antiguo aparato controlado parcialmente en las segundas filas por funcionarios del viejo régimen, y la descomposición de los viejos partidos políticos, le confiere a la jefatura popular un carácter bonapartista, con relativa autonomía respecto de las clases sociales. Esta particularidad transforma la experiencia bolivariana en un proceso abierto, en cuyo curso el programa de reformas destinadas a erradicar de la sociedad las formas más brutales de injusticia y explotación, necesita, ante la tenaz resistencia de los antiguos dueños del poder, radicalizarse constantemente. Chávez está exigido, si quiere ser fiel a su programa reformista, a convocar a las grandes masas populares a tomar en sus manos la iniciativa de las tareas antiimperialistas y de defensa de la revolución. Porque en definitiva, es la profundización social del proceso abierto, aplicando hasta sus últimas consecuencias el programa nacional-democrático con sus implicancias socializantes, la alternativa de hierro que tiene el pueblo bolivariano de avanzar a paso de vencedores y consolidar las posiciones conquistadas.

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