“La noche de los lápices” y la industria de los derechos humanos

Gustavo Cangiano •DDHHnochelapicesEnero 2011

Como el tema de los “derechos humanos” resulta polémico, conviene polemizar al respecto, ¿no creen? ¿O acaso deberíamos polemizar sobre lo que no resulta polémico?

Editorial Biblos publicó hace unos meses una compilación de artículos efectuada por Emilio Crenzel bajo el título Los desaparecidos en la Argentina. Memorias, representaciones e ideas (1983-2008). Uno de los artículos es de Sandra Raggio y se llama “La construcción de un relato emblemático de la represión: ‘La Noche de los Lápices’”. El texto llamó mi atención porque hace mucho tiempo que yo pienso que el cuento de “La Noche de los Lápices” es una mentira parcial dentro de esa mentira total que es el relato derechohumanista sobre lo sucedido en el país en los años setenta. Lo que más me preocupa no es la mentira en sí misma, sino el servicio que ella presta a los mismos intereses que en apariencia condena.

Empezaré diciendo que el texto de Sandra Raggio desmenuza magistralmente el discurso derechohumanista poniendo de manifiesto todos sus componentes tramposos. Sin embargo, como ella misma es una académica derechohumanista (¿se puede ser académico sin ser derechohumanista?), no logra sacar las conclusiones del caso. Así, luego de señalar, por ejemplo, que la presentación (construcción) de los desaparecidos como “víctimas” y no como “héroes” implica presentarlos “por lo que les hicieron a ellos” (los torturaron, los mataron) y no “por lo que ellos hicieron” (se organizaron política y militarmente para luchar por el socialismo), lo cual conduce a la invisibilización de su condición de militantes revolucionarios, luego de esa lúcida observación, dice que “paradójicamente, en las batallas por la memoria, este elemento constituye su victoria (la de los desaparecidos)”. Y cita como fuente de autoridad al comisario Etchecolatz, para quien las Fuerzas Armadas ganaron militarmente la guerra pero la perdieron políticamente.

Pero es falso que a la “victoria militar” le haya sucedido una “derrota política”. El régimen capitalista semicolonial que impera en la Argentina obtuvo una victoria militar primero (1976/83) y una victoria política después (1983 hasta hoy). Sólo que los sujetos que encarnaron los intereses de ese régimen semicolonial no fueron siempre los mismos: en el primer caso fueron las Fuerzas Armadas y de Seguridad; en el segundo caso, fueron “las instituciones de la democracia”. Los Etchecolatz y compañía fueron utilizados por intereses superiores a ellos mismos (principalmente extranjeros) para realizar el “trabajo sucio”, y una vez realizado ese trabajo fueron arrojados a la basura como limón exprimido. Por eso creen que su “victoria militar” no se tradujo en “victoria política”. Lo que pierden de vista es que “su” victoria no era realmente “suya”, sino “del poder detrás del trono” que los manejaba como a títeres. Sandra Raggio y los derechohumanistas creen lo mismo.

Pero vayamos ahora a enumerar los grandes méritos que tiene el texto de Raggio.

Primero

“La ‘noche de los lápices’ –dice– no fue algo que aconteció, sino que fue una trama narrativa (…), es decir, una forma de narrar los hechos”. Se trata de una puntualización fundamental. Evidentemente, algo tuvo que suceder la noche del 16 de setiembre de 1976. Pero, ¿qué sucedió? Para acceder a lo que sucedió disponemos de la versión derechohumanista, que no es más que una versión entre tantas otras versiones lógicamente posibles. Raggio va a examinar detenidamente esa versión y va a hacer importantes “descubrimientos”. (Digamos de pasada  que si Raggio estuviera estudiando el “holocausto” en tanto “trama narrativa” construida por los vencedores de la guerra interimperialista, sería estigmatizada como “revisionista” o “negacionista” y ya estarían los sionistas exigiendo su encarcelamiento.)

Segundo

Observa Raggio que el relato de “la noche de los lápices” se constituye en tres momentos diferentes: 1) lo reseñado en el libro Nunca Más, que es, por así decir, la Biblia del discurso derechohumanista; 2) el testimonio de Pablo Díaz, “el sobreviviente”, en el Juicio a las Juntas; 3) el libro de “periodismo ficción” de María Seoane y Ruiz Núñez y la película de Olivera. (También el libro de Eduardo L. Duhalde, El Estado terrorista argentino). Con el tiempo, el libro y la película ofrecerían la versión canónica de “la noche de los lápices”, que es la que se les ha inoculado como veneno intelectual a varias generaciones de jóvenes a traves de las llamadas “políticas de la Memoria”. Esta versión, convertida en “historia ejemplar” (Todorov) tiene todos los condimentos del discurso derechohumanista. Por un lado, están “los chicos”, caracterizados como “inocentes” y como “víctimas”. Y frente a ellos, los “victimarios”, que son, naturalmente, “los militares genocidas” (aunque nadie haya probado jamás que hubo un geocidio en la Argentina de los setenta). En el medio, el hecho que motivó la tragedia: la lucha por el boleto estudiantil secundario que los “genocidas” habrían anulado.

Tercero

Algo realmente revelador para quienes han sido interpelados durante tantos años por el relato derechohumanista: ni el boleto estudiantil había sido anulado por el gobierno militar ni hubo manifestaciones masivas en su defensa. Raggio cita un diálogo entre dos muy bien rentados difusores del discurso derechohumanista: Felipe Pigna y Mario Pergolini. Pigna dice: “Una de las primeras medidas que toma la dictadura es suspender el boleto estudiantil y miles de estudiantes se movilizan”. Y Pergolini corrobora: “Estamos hablando de pibes de 14, 15, 16 años”. La verdad es que Pigna miente descaradamente, porque nunca ocurrió lo que él dice que ocurrió. Y la acotación de Pergolini es propia de quien cree que la frivolidad propia puede extenderse a los demás. Los “pibes” setentistas no eran pavotes lobotomizados por la televisión “democrática” de los Pergolini o los Tinelli, sino que eran combatientes comprometidos con la emancipación nacional y social. Eran como Mariano Ferreyra o como Maxi y Darío, no como los tarados de “Gran Hermano”. Los “chicos” de “la noche de los lápices” eran militantes político-militares de las organizaciones PRT-ERP y Montoneros (que para entonces, y desde hacía rato, había derrapado políticamente). La caída de “los chicos” no fue la de un grupo de “inocentes” victimizado por una “dictadura genocida”, sino la de un grupo de combatientes en el contexto de una guerra civil que enfrentaba a las fuerzas revolucionarias con las fuerzas contrarrevolucionarias. Pretender comprender el significado de lo sucedido al margen del contexto político y social es como querer entender por qué un individuo le pega una trompada a otro sin averiguar si lo hace en medio de una situación ordinaria o en el transcurso de una pelea de box. Esto es lo que hace el discurso derechohumanista: borra la dimensión política de la represión dictatorial, y de ese modo tergiversa los hechos. Además, obstaculiza la necesaria discusión sobre la línea táctico-estratégica de las organizaciones populares setentistas (y, también, la reflexión de las nuevas generaciones de oficiales y suboficiales de las Fuerzas Armadas). Pero hay más sorpresas para quienes han sido engañados con la versión canónica de “la noche de los lápices”: Pablo Díaz no fue el único sobreviviente. Hubo otros, pero se negaron a participar del montaje derechohumanista. Una de ellas, Emilce Molner, desmintió explícitamente episodios que narran Seoane-Ruiz Núñez. De paso, conviene recordar –aunque Raggio no lo diga– que Díaz recibió subsidios de organismos extranjeros para difundir durante años en escuelas la historia de “la noche de los lápices”.

Tal vez el epígrafe con que comienza el texto de Raggio –una cita del libro La Noche de los Lápices– revele la significación contrarrevolucionaria del relato derechohumanista y de esta “historia ejemplar”. Escriben Seoane-Ruiz Núñez: “La noche de los lápices tiene la virtud de romper con la historia oficial (según la cual los secuestrados) eran todos subversivos. Lo que hay en La Noche de los Lápices es la demostración del crimen de Estado contra adolescentes”. En efecto, el discurso de la dictadura legitimaba políticamente la represión acusando de “subversivos” a sus oponentes. Un discurso político deslegitimatorio de esa represión debería demostrar que era la causa de los pueblos explotados y las naciones oprimidas la que esos “subversivos” defendían. La “razón política”, había que demostrar, estaba del lado de los opositores a la dictadura, y no del lado de la dictadura. En lugar de eso, el relato derechohumanista se desplaza del terreno político y público al terreno familiar y privado: los combatientes pasan a ser “víctimas”, “inocentes”, “adolescentes con sensibilidad social”, etc. por cuya suerte piden las “madres”, los “hijos”, etc. ante organismos internacionales de países a los que el discurso “progresista” ya no llama imperialistas sino “democráticos”. El debate sobre los setenta se traslada de las organizaciones populares a los Tribunales. Se judicializa la política invocando un “nunca más” que significa que nadie debe osar “volver a los setenta”. Es el discurso de la contrarrevolución triunfante, que aspira a detener la lucha de clases y a que el futuro sólo sea extensión del presente.

Hay otro texto interesante en el libro que comento: “La víctima inocente: de la lucha antidictatorial al relato del ‘Nunca más’”. Es de Emilio Crenzel. Toca un tema central: las categorías sociodemográficas construidas por el “Nunca más” para encasillar a los desaparecidos cumplen una función política precisa. Problema metodológico y también político. Continuaré.

 

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