Jorge Bergoglio (Francisco), el beneficio de la duda

A pesar de la lentitud del movimiento en la iglesia católica no tardará Francisco en darnos claridad del perfil que tendrá su papado, por ejemplo, al designar a su secretario de Estado y al establecer las acciones políticas prioritarias y estratégicas de su gestión

Daniel N. Moser

Desde que asu­mió su ges­tión como nuevo jefe su­pre­mo de la igle­sia ca­tó­li­ca, Fran­cis­co se ha ca­rac­te­ri­za­do por hacer de­cla­ra­cio­nes y tener al­gu­nas ac­ti­tu­des que lo dis­tin­guen de sus an­te­ce­so­res como un hom­bre sen­ci­llo, hu­mil­de, ale­ja­do de las os­ten­to­sas ma­ni­fes­ta­cio­nes de poder y ri­que­za que han ca­rac­te­ri­za­do a la je­rar­quía ca­tó­li­ca. Estos ges­tos han mo­ti­va­do la ad­mi­ra­ción y el re­co­no­ci­mien­to de ca­tó­li­cos y no ca­tó­li­cos, de cre­yen­tes y no cre­yen­tes; tam­bién han ge­ne­ra­do una enor­me ex­pec­ta­ti­va res­pec­to a los cam­bios que el nuevo papa po­dría en­gen­drar al in­te­rior de la igle­sia ca­tó­li­ca. Dicha ex­pec­ta­ti­va no pa­re­ce tener un sus­ten­to firme.

Si la igle­sia ca­tó­li­ca, como es pú­bli­co y no­to­rio, está en manos de una cú­pu­la ma­fio­sa y reac­cio­na­ria desde hace dé­ca­das, ¿con base en cuá­les ar­gu­men­tos po­de­mos su­po­ner que Jorge Ber­go­glio, el nuevo papa Fran­cis­co, haya sido ele­gi­do por esa cú­pu­la para trans­for­mar a la igle­sia ca­tó­li­ca en algo que ponga el ries­go el poder que hoy os­ten­ta tal grupo? Es un se­cre­to a voces que el papa Juan Pablo I fue ase­si­na­do a días de haber asu­mi­do su ges­tión como con­se­cuen­cia de su pú­bli­ca de­ci­sión de cam­biar ra­di­cal­men­te a la igle­sia ca­tó­li­ca.

 

Wojty­la y Rat­zin­ger

Quien ocupó su pues­to, Karol Wojty­la, y quien su­ce­die­ra a este úl­ti­mo, Jo­seph Rat­zin­ger, se ca­rac­te­ri­za­ron por “lim­piar” a la igle­sia de los cam­bios “pro­gre­sis­tas” pro­mo­vi­dos por la pro­pia ins­ti­tu­ción dé­ca­das atrás. Tam­bién de­di­ca­ron su es­fuer­zo a des­pla­zar de los es­pa­cios donde se toman de­ci­sio­nes a aque­llos in­di­vi­duos que pu­die­ran estar iden­ti­fi­ca­dos con la op­ción por los po­bres o cual­quier ges­tión que im­pli­ca­ra cam­biar a la con­so­li­da­da y an­qui­lo­sa­da ins­ti­tu­ción po­lí­ti­ca con sede en el Va­ti­cano. Allí está el caso em­ble­má­ti­co de la per­se­cu­ción a uno de los lí­de­res de la Teo­lo­gía de la Li­be­ra­ción, Leo­nar­do Boff.

Du­ran­te los úl­ti­mos pa­pa­dos, han sido los sec­to­res más reac­cio­na­rios y con­ser­va­do­res los que han usu­fruc­tua­do los car­gos de mayor poder den­tro de esta ins­ti­tu­ción. La elec­ción de Jorge Ber­go­glio es el re­sul­ta­do de la dispu­ta por el con­trol de la igle­sia ca­tó­li­ca entre dos fac­cio­nes con­ser­va­do­ras, y el hecho de que la menos reac­cio­na­ria haya lo­gra­do im­po­ner a Jorge Ber­go­glio no ofre­ce ele­men­tos que jus­ti­fi­quen la ex­pec­ta­ti­va que pa­re­ce ha­ber­se ge­ne­ra­do.

Sa­cu­di­da y des­pres­ti­gia­da por es­cán­da­los se­xua­les, fi­nan­cie­ros y de co­rrup­ción, car­gan­do el peso de su com­pli­ci­dad con las po­lí­ti­cas neo­co­lo­nia­lis­tas de las po­ten­cias im­pe­ria­lis­tas, así como por los irre­fu­ta­bles datos de la pér­di­da de fie­les en todo el mundo, exis­ten mu­chos más ele­men­tos con­tun­den­tes para su­po­ner que la je­rar­quía de la igle­sia ca­tó­li­ca haya de­ci­di­do plan­tear­se un cam­bio de ima­gen, y qué mejor para ello que en­cum­brar como papa a un je­rar­ca con el per­fil de Jorge Ber­go­glio, un hom­bre aus­te­ro que ma­ni­fies­ta preo­cu­pa­ción por los po­bres pero al mismo tiem­po, ideo­ló­gi­ca y po­lí­ti­ca­men­te, un con­ser­va­dor.

 

Ni muy muy, ni tan tan

Desde la Ar­gen­ti­na, donde la­men­ta­ble­men­te casi todo es blan­co o negro, bueno o malo, donde en lugar del de­ba­te de ideas se im­po­nen —y su­per­po­nen, en un diá­lo­go de sor­dos— los mo­nó­lo­gos, lle­gan voces po­la­ri­za­das. Por un lado, los me­dios afi­nes al go­bierno cris­ti­nis­ta des­ta­can en pri­me­ra plana lo que de­nun­cian como com­pli­ci­da­des de Jorge Ber­go­glio con la dic­ta­du­ra cí­vi­co-mi­li­tar del Pro­ce­so (1976-1983); por el otro, los me­dios opo­si­to­res des­ta­can lo que ca­li­fi­can como cua­li­da­des del ahora papa Fran­cis­co.

Ambos pa­re­cen tener algo de razón: Jorge Ber­go­glio no fue uno de los je­rar­cas de la igle­sia ca­tó­li­ca que de­nun­ció los crí­me­nes de Es­ta­do de la dic­ta­du­ra cí­vi­co-mi­li­tar, aun­que tam­po­co hay prue­bas de que haya sido un co­la­bo­ra­dor, un cóm­pli­ce, como sí lo fue­ron otros je­rar­cas; la in­for­ma­ción menos cues­tio­na­da res­pal­da la ver­sión de que no fue ni co­la­bo­ra­cio­nis­ta ni de­nun­cian­te del Pro­ce­so, aun­que sí es­tu­vo com­pro­me­ti­do en el caso de dos fran­cis­ca­nos de­te­ni­dos, tor­tu­ra­dos y li­be­ra­dos por el Pro­ce­so. De lo que no caben dudas es de que se man­tu­vo en la línea ins­ti­tu­cio­nal de la igle­sia ar­gen­ti­na cuya je­rar­quía fue cóm­pli­ce, por ac­ción y omi­sión, según los casos, de la dic­ta­du­ra.

Men­ción apar­te me­re­ce la reac­ción del go­bierno cris­ti­nis­ta. Desde dis­tin­tos sec­to­res del go­bierno sur­gie­ron voces tanto agra­de­ci­das como crí­ti­cas por la de­sig­na­ción y el per­fil de Jorge Ber­go­glio, y ante la po­lé­mi­ca que dicha in­con­gruen­cia co­men­za­ba a ge­ne­rar, la pre­si­den­ta Cris­ti­na Fer­nán­dez puso fin a toda con­tro­ver­sia en las filas del go­bierno sa­lu­dan­do al fla­man­te Fran­cis­co, el mismo que mien­tras fue Jorge Ber­go­glio era con­si­de­ra­do por los go­bier­nos kir­ch­ne­ris­ta y cris­ti­nis­ta como poco menos que el líder de la opo­si­ción.

Al mismo tiem­po, Cris­ti­na Fer­nán­dez, que rau­da­men­te viajó al Va­ti­cano para ser la pri­me­ra man­da­ta­ria en en­tre­vis­tar­se con el fla­man­te papa, im­pi­dió que la pa­ro­dia de la Ar­ma­da Bran­ca­leo­ne —cons­ti­tui­da por los más con­no­ta­dos di­ri­gen­tes de la opo­si­ción a su go­bierno— se “adue­ña­ra” de Fran­cis­co para pre­su­mir­lo como un “alia­do” de su causa.

En su vida co­ti­dia­na, Jorge Ber­go­glio se ha mos­tra­do como un in­di­vi­duo sen­ci­llo y aus­te­ro; en su dis­cur­so se ha ma­ni­fes­ta­do pú­bli­ca­men­te por cau­sas como la de Mal­vi­nas y la in­te­gra­ción de la Pa­tria Gran­de, Amé­ri­ca La­ti­na, y hasta crí­ti­co del neo­li­be­ra­lis­mo; tam­bién ha in­sis­ti­do en la de­fen­sa de los in­tere­ses de los po­bres y más ne­ce­si­ta­dos; sin em­bar­go, todo ello tiene un ca­rác­ter me­ra­men­te sim­bó­li­co.

 

Pa­la­bras y ac­cio­nes

Que los cre­yen­tes y no cre­yen­tes menos in­for­ma­dos se dejen se­du­cir por el len­gua­je co­lo­quial y el dis­cur­so po­pu­lar y hasta la­ti­noa­me­ri­ca­nis­ta y crí­ti­co del ca­pi­ta­lis­mo es com­pren­si­ble. En Amé­ri­ca La­ti­na, es­pe­cial­men­te en Ar­gen­ti­na, se está pro­mo­vien­do una es­pe­cie de cho­lu­lis­mo sobre el fla­man­te Fran­cis­co, como si su dis­cur­so o su ori­gen geo­grá­fi­co bas­ta­ran para fin­car es­pe­ran­zas en que habrá de ser el ini­cia­dor de un cam­bio, no di­ga­mos ra­di­cal, pero sí en el en­fo­que que la igle­sia ca­tó­li­ca tiene del mundo y en las po­lí­ti­cas y alian­zas que dicho en­fo­que ma­te­ria­li­za.

En uno de sus pri­me­ros dis­cur­sos, Fran­cis­co de­cla­ró que le gus­ta­ría ver una “igle­sia pobre para los po­bres”un men­sa­je muy dis­tin­to al de pro­po­ner­se cons­truir una igle­sia pobre para con­tri­buir a que los po­bres dejen de serlo.

No co­noz­co en de­ta­lle la his­to­ria de las ac­cio­nes de Fran­cis­co en sus fun­cio­nes como je­rar­ca de la igle­sia ca­tó­li­ca en la Ar­gen­ti­na cuan­do era Jorge Ber­go­glio, más allá de las anéc­do­tas sobre su ca­rác­ter que di­fun­den am­plia­men­te Cla­rín y La Na­ción, las de­nun­cias sobre su ac­tuar du­ran­te el Pro­ce­so que pre­sen­ta Pá­gi­na 12 y sus de­cla­ra­cio­nes en con­tra del abor­to y los ma­tri­mo­nios entre per­so­nas del mismo sexo, po­si­cio­nes que se le pue­den cues­tio­nar pero que de nin­gu­na ma­ne­ra deben sor­pren­der a nadie vi­nien­do de un je­rar­ca de la igle­sia ca­tó­li­ca —¿acaso po­dría es­pe­rar­se el si­len­cio o la apro­ba­ción?

 

Opor­tu­ni­dad y desa­fío

Sin em­bar­go, no me cabe duda de que, como nuevo líder de una ins­ti­tu­ción que in­flu­ye sobre más de mil mi­llo­nes de per­so­nas, tiene una gran opor­tu­ni­dad y un enor­me desa­fío para cam­biar­la. El sen­ti­do que le dé a ese cam­bio aún es un mis­te­rio. ¿Le cam­bia­rá el ros­tro sin mo­di­fi­car su esen­cia, como po­dría su­po­ner­se que se plan­teó el se­lec­to grupo de je­rar­cas que lo eli­gie­ron?, o por el con­tra­rio: ¿asu­mi­rá el desa­fío de rea­li­zar cam­bios de fondo en el sen­ti­do que los nue­vos tiem­pos plan­tean?

En mi opi­nión, más allá de sus di­chos, su ca­rác­ter y sus ges­tos co­ti­dia­nos de aus­te­ri­dad y sen­ci­llez, es con base en la his­to­ria de sus actos po­lí­ti­cos y en las me­di­das que tome como nuevo má­xi­mo líder de la igle­sia ca­tó­li­ca que de­be­mos fijar una po­si­ción con­sis­ten­te.

Si nos guia­mos por los he­chos de la mi­le­na­ria y más re­cien­te his­to­ria de la igle­sia ca­tó­li­ca, las ex­pec­ta­ti­vas de que Fran­cis­co vaya a pro­ta­go­ni­zar un cam­bio im­por­tan­te —de fondo, no de ima­gen— en la ins­ti­tu­ción son casi nulas, y digo casi por aque­llo de que la es­pe­ran­za es lo úl­ti­mo que se pier­de; pero co­rres­pon­de darle el be­ne­fi­cio de la duda, al menos por un breve lapso, pues a pesar de la len­ti­tud del mo­vi­mien­to en la igle­sia ca­tó­li­ca no tar­da­rá Fran­cis­co en dar­nos cla­ri­dad del per­fil que ten­drá su pa­pa­do, por ejem­plo, al de­sig­nar a su se­cre­ta­rio de Es­ta­do y al es­ta­ble­cer las ac­cio­nes po­lí­ti­cas prio­ri­ta­rias y es­tra­té­gi­cas de su ges­tión.

Deja una Respuesta

Tu correo electronico no será publicado.