¿Hacia dónde va Moyano?

El secretario general de la CGT se ha convertido en el principal opositor del gobierno, y ha anunciado su decisión de dar batalla con palabras que no dejan lugar a dudas: “La disputa se va a dar en el 2013”, afirmó durante el discurso pronunciado en el Luna Park, en ocasión del acto organizado por la Juventud Sindical. Ese anuncio fue acompañado por una mención significativa: “Hombres y mujeres de la política se han sumado a nuestra CGT”.

Por Osvaldo Calello •Movobrero4

Moyano no dijo quiénes son esos “hombres y mujeres de la política”, pero sus movimientos de las últimas semanas no dejan de ser llamativos. Días antes, en un asado en la Federación de Camioneros, se había reunido con los radicales Oscar Aguad, Ernesto Sanz, Rafael Pascual y Oscar Castillo, y con el peronista Julio Bárbaro. Los primeros forman parte del ala derecha de la UCR, próxima al macrismo. Bárbaro ha agregado recientemente a su currículo de ex menemista y ex kirchnerista el título de asesor de Mauricio Macri en la compleja materia “interpretación del peronismo y de los peronistas”, que al parecer desconcierta al jefe del gobierno porteño. De acuerdo con la versión del periodismo, ese encuentro sirvió para abrir el diálogo entre diferentes alternativas políticas al kirchnerismo con vistas a llegar al 2013 “con el mayor acuerdo posible”.

Sin duda Moyano se ha convertido en una inesperada atracción para exponentes de distinto pelambre de la posición anti-K. Poco antes del asado en Camioneros, el jefe de la CGT disidente había recibido y aceptado una invitación de Guillermo Alchouron para ser el orador en el encuentro mensual de Consenso Republicano. Alchouron es el mismo que presidió la Sociedad Rural en los ochenta y en los noventa fue dirigente de la fuerza política que encabezó Domingo Cavallo, mientras que la entidad que ahora encabeza reúne un selecto grupo de políticos radicales, conservadores, menemistas, duhaldistas y algunos de los seguidores que aún le quedan a la señora Carrió. El jefe de la CGT advirtió tardíamente el carácter que había adquirido la invitación, cuando diversos exponentes políticos del gorilaje vernáculo se anotaron en masa para asistir a su exposición, y decidió excusarse.

El peligro de los falsos aliados

Los riesgos de semejantes oscilaciones son evidentes. Moyano es el secretario general de la central obrera, y la fuerza de su posición depende de la decisión de esa central de levantar las consignas en las que los trabajadores reconocen sus más legítimas demandas, las que a su vez encierran un conflicto con los ajustes que ha puesto en práctica el programa del gobierno. Su proyección al campo de la lucha política, que es legítima, en modo alguno puede producirse a través de una identidad anti-K, identificada con los viejos y nuevos partidos del establishment semicolonial.

Dos referencias son suficientes para dar cuenta de las implicancias que contiene esa identificación. Según los radicales, Moyano ha mencionado el abrazo de Perón y Balbín de noviembre de 1972, como ejemplo de vocación de diálogo. Conviene tener presente que en esa época el jefe popular se declaraba un “león herbívoro”; había abandonado el discurso nacionalista-antiliberal con el que había homogenizado a su movimiento en el enfrentamiento con la oligarquía y el imperialismo estadounidense a mediados de los cuarenta, y se disponía a volver al gobierno con un programa que estaba por debajo del que había sostenido en sus dos primeros gobiernos. Balbín, a su vez, aceptaba la reconciliación propuesta, a condición de que el peronismo no intentase trasponer los límites del orden semicolonial, reconstituido luego de la derrota popular de septiembre de 1955. Esto quedó claro apenas el gobierno peronista intentó llevar adelante medidas de índole reformista como la ley agraria, y luego, a la luz del comportamiento del jefe de la UCR, durante el período de crisis política que precedió al golpe de Estado de marzo de 1976. Reivindicar ese abrazo coloca a quienes son dirigentes obreros en un terreno que no es el de los intereses de su clase.

La otra referencia tiene que ver con el rechazo del decreto 1277 (regulación del mercado de hidrocarburos) por parte de Guillermo Pereyra, titular del sindicato que nuclea a los trabajadores petroleros de Neuquén, Río Negro y La Pampa, y a la vez secretario adjunto de la CGT que encabeza Moyano. Pereyra denunció que el Estado pretende aplicar “el mismo tratamiento que dio al fondo sojero” y, en consecuencia, quedarse con las regalías que les pertenecen a las provincias. Sin embargo, lo sustancial del asunto es que mediante esta iniciativa fueron derogados tres decretos de desregulación del mercado de hidrocarburos puestos en vigencia por el menemismo en 1989 que, entre otras cosas, establecían la libertad de precios y la libre disponibilidad del crudo por parte de las compañías privadas, y estableció el control del Estado nacional sobre la cuota de ganancia, los niveles de stocks y los planes de inversión. Contra este instrumento, que no hace otra cosa que recuperar facultades que son inherentes al Estado, se pronunciaron las cámaras patronales de la industria petrolera, los voceros periodísticos tradicionales del gran capital y los políticos multiuso, que los círculos del privilegio capitalista tienen siempre a su disposición. Sin duda, los dirigentes sindicales deben cuidarse muy bien de semejante compañía.

Los trabajadores en el Frente Nacional-Antiimperialista

Está fuera de discusión que si la CGT pretende hacer valer los intereses de clase que dice representar, no puede limitarse a una práctica de reivindicaciones laborales. Debe necesariamente formular su propio programa político estratégico, como alguna vez lo hicieron la central obrera en 1957, en el Plenario de Delegaciones Regionales de La Falda, y en 1962 las 62 Organizaciones, en el Plenario Nacional de Huerta Grande, realizados durante la dictadura de la “revolución libertadora” y el gobierno títere de Guido, y luego en el congreso del 1º de mayo de 1968, fundacional de la CGT de los argentinos. Esos programas afirmaron al movimiento obrero en una posición antioligárquica y antiimperialista al incorporar como puntos centrales la expropiación de la gran propiedad terrateniente y de los monopolios extranjeros, la nacionalización de la banca y el control estatal del comercio exterior. Constituyeron una señal orientadora en la práctica del movimiento obrero y, a la vez, fueron la expresión política más avanzada del Frente Nacional al sacar a la luz el significado profundo de la lucha de clases en un país semicolonial.

Los sindicatos y la central obrera no son la organización política a través de la cual los trabajadores han de expresar, en el más alto nivel, sus intereses de clase. Esa organización es el partido revolucionario. Sin embargo, se trata de organismos de masas, insustituibles para cementar la experiencia y la unidad de la clase, y necesariamente forman parte del proceso de construcción de una hegemonía nacional-popular con centro de gravedad en las filas más avanzadas del proletariado.

Las implicancias de tal formulación son evidentes. Exigen, en primer término, diferenciar tajantemente los campos antagónicos característicos de la lucha de clases en un país atrasado y dependiente, no equivocar el sistema de alianzas, y ubicar el movimiento obrero como eje de un realineamiento nacional, democrático y antiimperialista.

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