Genocidio, delito mal tipificado

Gustavo Cangiano •

Casi 400 páginas de discurso “políticamente correcto” para condenar el nazismo, para decir que la dictadura procesista fue parecida al nazismo y para silenciar que, además del genocidio nazi ocurrido hace más de medio siglo, y del “genocidio” argentino no ocurrido nunca, hay otro genocidio ante sus narices: el de los sionistas en Palestina.

 

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Notable, el artículo que publica hoy Clarín, en su página 21, bajo la firma de Daniel Feierstein. Se titula “Genocidio, delito mal tipificado”.

Feierstein ha hecho de los genocidios, o de las “prácticas sociales genocidas”, como él gusta decir, su marca registrada en la UBA y en otras universidades. Esto le permite obtener jugosos subsidios y prestigio académico, el que en su debido momento se traduce en más subsidios. El genocidio es a Feierstein lo que el fútbol a Pablo Alabarce: aquello que le permite posar de “especialista” y abrir un kiosquito propio dentro de los aparatos ideológicos del estado. Jauretche escribió páginas exquisitas sobre esta clase de procederes.

¿Por qué resulta notable el artículo de Feierstein? Por dos razones: 1) por lo que dice; 2) por lo que no dice (es decir, por lo que dice no diciéndolo).

Empecemos por lo que dice. La tesis de Feierstein, ya expuesta en su libro El genocidio como práctica social, es que el genocidio fue inadecuadamente definido por las instituciones de Derecho Internacional creadas a partir de la victoria del imperialismo anglosajón en la última guerra. Esa definición incluye como víctimas posibles de un genocidio a los grupos nacionales, religiosos, étnicos o raciales. Pero no incluye a los grupos políticos, cosa que según Feierstein debería hacer. Como buen abanderado de los “derechos humanos” y de las causas nobles de la humanidad (aunque, como veremos, no de todas), Feierstein dicta clases y escribe papers bregando por la inclusión de los grupos políticos como objeto posible de un genocidio. A partir de esto, sostiene dos posiciones que no por ser lógica y fácticamente insostenibles dejan de ser generosamente remuneradas por los sectores interesados en las políticas de “construcción de la Memoria”: que la dictadura militar que asoló al país entre 1976 y 1982 desencadenó un genocidio y que ese genocidio tuvo rasgos semejantes al genocidio nazi contra los judíos europeos.

Homologar el fenómeno de la dictadura cívico-militar argentina al del nazismo es algo tan descabellado que voy a eximirme de considerarlo. Pero, ¿fue la dictadura de Videla y sus muchachos una “dictadura genocida”? Es obvio que la figura del genocidio, tal como fue definida por los vencedores de la guerra inter-imperialista, no podría aplicarse al caso argentino. La represión procesista no estuvo focalizada en identidades étnicas, religiosas o nacionales, a las que buscó suprimir. Se quiso exterminar, en cambio, a un enemigo político, ideológicamente definido como marxista-leninista. El terrorismo de Estado estuvo dirigido contra delegados de fábrica, militantes sociales y barriales, estudiantes e intelectuales revolucionarios y todos aquellos sectores que conforman lo que se denomina un tanto vagamente “el campo popular”. Un fenómeno de tal naturaleza siempre ha tenido un nombre preciso: se trata de una contrarrevolución. Los sectores populares y su vanguardia política persiguen el cambio subversivo del orden vigente, y las clases dominantes intentan conservarlo. En determinados momentos el enfrentamiento es más o menos “latente” o larvado (predominan “las armas de la crítica”), pero en otros momentos el enfrentamiento se torna político-militar (se pasa a “la crítica de las armas”). Esta es la lucha entre la revolución y la contrarrevolución. Antes de que el triunfo de la contrarrevolución (militar primero, con Videla; político-ideológico luego, con el alfonsinismo y la partidocracia demoliberal) deshistorizara la violencia política, la historia argentina podía ser explicada en términos de lucha entre las fuerzas de la Revolución y las de la Contrarrevolución. En uno y otro bando había fuerzas materiales, clases sociales, frentes de clases, etc. En los años setenta, uno de los libros más leídos entre los jóvenes marxistas argentinos era el de Jorge Abelardo Ramos: Revolución y contrarrevolución en la Argentina. Pero a partir de 1983 la violencia política pasa a ser explicada en los medios académicos (copados por intelectuales de izquierda y nacional-populares reconvertidos tras una estadía en México, Venezuela o Europa al socialdemocratismo) como un antagonismo entre los “derechos humanos” de un lado y los “genocidios” del otro. No se trataba, ciertamente, de una perspectiva original: reproducía el modelo construido a partir de 1945 por los imperialismos triunfantes, que convirtieron a los derrotados del Eje en la encarnación misma del Mal (el totalitarismo) y se reservaron para sí la representatividad del Bien (la “democracia”). Ni original ni intelectualmente profundo ese “paradigma”. Pero útil para mantener maniatadas dentro del orden vigente las fuerzas sociales y políticas potencialmente disruptivas.

Bien, Feierstein compró este paquete y lo vende a sus alumnos de la UBA. El paquete contiene mercadería reaccionaria, pero el envoltorio es “progresista”. ¿Y por qué la mercadería es reaccionaria? Porque si vamos a presentar los fenómenos de violencia política en términos de “prácticas sociales genocidas” y defensa de los “derechos humanos”, ¿qué caracterización deberemos hacer, por ejemplo, de las revoluciones rusa o cubana? En la medida que Lenin y Trotsky silenciaron a sus opositores políticos y reconfiguraron el orden social exterminando a la burguesía y modificando hasta la bandera y el nombre mismo del país, ¿no habría que calificar como “genocidas” a los dos grandes revolucionarios? ¿Acaso la Revolución Rusa no ocasionó más víctimas que la contrarrevolución nazi en Alemania? ¿Y qué decir de la Revolución China? Si el “grupo político” es también objeto factible de un genocidio, ¿no habría sido un genocidio, o una “práctica social genocida”, la Revolución Cultural? La postura de Feierstein tiene como consecuencia ineludible la condena de todo proceso revolucionario, puesto que las revoluciones, por su propia naturaleza, conllevan toda clase de fenómenos violentos, autoritarios, etc. La postura de Feierstein es, en el plano internacional, el equivalente de la teoría de “los dos demonios” elaborada por los agentes ideológicos del alfonsinismo. A los Feierstein y cía. habría que recordarles, una vez más, que la violencia política (incluso la violencia estatal o paraestatal) no es en sí misma buena ni mala, sino que su valor depende del objetivo a cuyo servicio esté. Habría que pedirles que lean más a Marx o a Trotsky y menos a Hanna Arendt.

Pero todo lo anterior no es lo más importante de lo que dice Feierstein. Lo más importante en la nota de Feierstein es lo que dice al no decirlo. ¿Y qué es lo que dice al no decirlo? No dice, justamente, aquello que cualquier lector esperaría encontrar en su nota, publicada por Clarín en la página precedente a las que se refieren a la masacre de los sionistas en Gaza. Una nota de opinión sobre el genocidio, en el momento mismo en que un genocidio tiene lugar en Medio Oriente, ¿no debería, al menos, mencionar el tema? Pero no. Feierstein hace silencio de radio. Como si viviera en otro país, en otro planeta. Reitera, de modo mucho más llamativo, la omisión que ya estaba sugestivamente presente en su libro sobre “el genocidio como práctica social”: casi 400 páginas de discurso “políticamente correcto” para condenar el nazismo, para decir que la dictadura procesista fue parecida al nazismo y para silenciar que, además del genocidio nazi ocurrido hace más de medio siglo, y del “genocidio” argentino no ocurrido nunca, hay otro genocidio ante sus narices: el de los sionistas en Palestina.

Pero Feierstein no lo ve. O no quiere verlo. O tal vez no puede verlo, si consideramos que Daniel Feierstein es hijo de Ricardo Feierstein (a quien le dedica el libro), un escritor que editaba hace 20 años libros sionistas bajo el sello Mila, vinculado a instituciones comunitarias que, como todo el mundo sabe, están controladas por los mismos intereses que mandan a los jóvenes israelíes a matar palestinos en Gaza.

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