El antiperonismo de la ultraizquierda


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Gustavo Cangiano •

La publicación del libro El peronismo armado, de Alejandro Guerrero, un militante del Partido Obrero, ha comenzado a generar reacciones en el interior de esa organización. En el número de Prensa Obrera correspondiente al 6 de mayo de 2010, Eduardo Salas sale al cruce de algunas afirmaciones contenidas en ese libro.

Lo interesante del artículo de Salas es que nos permite concluir que, en materia de antiperonismo y de pensamiento antidialéctico, el PO es capaz de superarse a sí mismo.
Algunas de las afirmaciones de Salas son dignas de figurar en una antología del ultraizquierdismo pequeñoburgués.

Veamos.

A Salas le parece que Guerrero es demasiado generoso con la caracterización que hace de Montoneros y del secuestro y ejecución de Aramburu. Entonces le recuerda que “para Política Obrera, en junio de 1970, (el secuestro de Aramburu) ‘constituye una provocación política contra el proletariado que busca liberarse de la tutela y traición de la burocracia gremial y de Perón’ ”. Es decir, para PO en 1970 el proletariado no batallaba con el objetivo de restituir la soberanía popular violentada en 1955, lo cual significaba el regreso de Perón al poder, sino que batallaba…  ¡para librarse de la tutela y la traición de Perón!

¿No es realmente asombroso este juicio?

Sigamos. En la medida que Montoneros inscribía su accionar, en cambio, en la perspectiva del regreso de Perón, ese accionar tenía un significado decididamente antiobrero y contrarrevolucionario. La masa obrera –recuerda Salas que decía PO en aquellos tiempos ha dejado de tener como preocupación central su retorno al poder bajo una forma de gobierno peronista”. ¿Cuál era entonces, en los años 60 y 70, la “preocupación central” de la “masa obrera”? Era, según Salas y PO, “profundizar la situación revolucionaria creada por el Cordobazo”.

Si PO hubiese sido capaz en 1970 de ofrecer una pintura de la situación política sin introducir en su errónea caracterización algún acierto parcial, ello habría dotado a su discurso de una fantasiosidad que lo habría tornado inocuo. Pero no. Como suele suceder cuando se arma una mentira, las pizcas de verdad que ella contiene sirven para hacer la mentira, si no verdadera, sí al menos verosímil. Y la verosimilitud de una mentira es justamente lo que la convierte en peligrosa.

Es cierto que a fines de los años 60 la agudización de la lucha de clases y las modificaciones operadas en la estructura económico-social abrían la posibilidad de que el frente de clases del 45 se reconfigurara y trascendiera los límites programáticos y metodológicos inherentes al proyecto capitalista autocentrado. Esa posibilidad se plasmaba en la consigna “gobierno obrero y popular” y en la perspectiva socialista, que enarbolaban sectores de vanguardia del movimiento obrero y del movimiento estudiantil. Pero esa posibilidad sólo podía concretarse en la medida que existiera una fuerza política que tuviera la capacidad de construir un puente entre la vieja experiencia de Frente Nacional del 45, que todavía recogía apoyo en vastos sectores obreros y populares, y la potencialidad superadora que empezaba a dibujarse en experiencias como el Cordobazo y demás puebladas de la época. Se trataba, entonces, de que la consigna “gobierno obrero y popular” no fuera considerada como una perspectiva opuesta a la del regreso de Perón, sino como complementaria y compatible con él. Para PO, incapaz de advertir el carácter dialéctico de la situación, ambas perspectivas eran contrarias y se oponían entre sí. Dice Salas: “El retorno del peronismo y de Perón al gobierno era la última carta disponible para el Estado capitalista. El operativo retorno fue un operativo monitoreado por el propio imperialismo”. Se pone de manifiesto en este punto, una vez más, la funcionalidad de la ultraizquierda para los propósitos políticos de la derecha y de la contrarrevolución. Con una terminología “clasista”, PO coincidía con aquellos sectores del propio peronismo que veían en la izquierda en general, y en la izquierda peronista en particular, el gran enemigo a combatir. Estos sectores, al igual que PO, erigían una muralla política, programática y conceptual entre el Frente del 45 y las perspectivas de desenvolvimiento de ese Frente en una dirección socialista. Salas cita en apoyo de las tesis de PO a Silvio Frondizi, quien en 1956 habría afirmado que Perón sólo volvería al país “si la burguesía lo requería para bloquear la situación revolucionaria”. Sin embargo, Frondizi se integró en 1973 a las listas de candidatos del FIP, cuyas banderas procuraban sintetizar lo que PO, al igual que toda la ultraizquierda, consideraba imposible de sintetizar: el apoyo al regreso de Perón y la lucha por la Patria Socialista.

A partir de la conceptualización como “proimperialista” del “operativo retorno” que se había convertido en el eje de reagrupamiento popular durante 18 años de lucha, PO pasó a caracterizar el resultado electoral de 1973. Lo que para las masas fue una victoria, para PO fue una derrota. Dice PO: “El triunfo electoral del Frejuli el 11 de marzo de 1973 fue saludado por todos como ‘triunfo popular’. (Pero) el retorno del peronismo al gobierno tenía un objetivo contrarrevolucionario, (y) Montoneros y la JP fueron una pieza fundamental en el objetivo contrarrevolucionario del retorno”.

Otra vez: una verdad parcial sirve para encubrir una mentira general, que además es en este caso “monumental”, como diría la verba inflamada de Altamira.

Ciertamente, hay que efectuar una rigurosa crítica a los presupuestos del peronismo de izquierda según los cuales la vía al socialismo que las banderas del Cordobazo habían abierto para profundizar y superar las del 17 de Octubre podía realizarse sin la necesidad de acompañar el apoyo (determinado por la correlación de fuerza entre las clases) a la conducción de Perón con una diferenciación ideológica, programática y organizativa. Sin esta última, que es condición necesaria de toda entidad que aspire a convertirse en factor político autónomo, sólo cabía esperar que de manera espontánea se produjera esa profundización dialéctica desde el Frente del 45 hasta su conversión en “gobierno obrero y popular”. Pero, como en la vida en general y en la historia y la política en particular, las cosas no suceden de modo lineal. Una vez conseguido el retorno de Perón, la lucha de clases se trasladó con intensidad al interior mismo del movimiento gobernante, que a esa altura estaba atravesado por profundos antagonismos internos. Fue entonces cuando se manifestaron todas las limitaciones y debilidades de la izquierda peronista y de Montoneros. Sus errores fueron de múltiple naturaleza: tácticos, estratégicos, ideológicos y, también, producto de la extrema juventud e inexperiencia de sus dirigentes. Pero en ningún caso esos errores autorizan a ubicar al movimiento de masas expresado a través de Montoneros y la JP en el campo de la “contrarrevolución”, y menos todavía por el hecho de haber contribuido al regreso de Perón.

Uno no puede menos que preguntarse qué idea habrán de tener los jóvenes militantes de PO acerca de las luchas políticas y sociales que signaron los vertiginosos años setenta. Si fuera cierta la reconstrucción que hacen Salas y PO de aquellos años, todo lo sucedido habría sido producto de un gigantesco malentendido del que sólo escaparon los seguidores de Altamira, vaya uno a saber por qué razón. Perón no habría sido un caudillo popular sino apenas un títere del imperialismo; la irrupción de Montoneros no habría sido la expresión de un complejo proceso de “nacionalización” de las clases medias, sino una trampa tendida al proletariado por la burguesía; el Cordobazo no habría emergido como síntesis de un proceso de maduración previo sino como injerto exterior a-histórico; el triunfo electoral de 1973 no habría sido una victoria popular sino una impresionante derrota que habría dado origen no a un gobierno nacional-popular plagado de contradicciones, sino al gobierno terrorista “de la Triple A”.

En los años sesenta y setenta PO no fue un factor interviniente en la lucha de clases que tuviera peso propio. Eran tiempos de ascenso de masas, y naturalmente la ultraizquierda cipaya y pequeñoburguesa estaba condenada a ocupar apenas el lugar de espectadora, no de protagonista. Es recién a partir de 1983, cuando se institucionaliza la contrarrevolución triunfante en 1976 y el Frente Nacional se deshace en el pantano liberal-partidocrático, que PO empieza a desplegar su mayor protagonismo. Cuando las masas recuperen el centro del escenario, la estrella de PO volverá a apagarse.

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