El 22 votamos a Scioli para frenar a Macri, y el 23 nos sumamos a la lucha contra el ajuste que viene.

                                                                                          Socialismo Latinomericano •  

La posibilidad ciertIMG_1937a de que el balotaje del 22 de noviembre catapulte al empresario Mauricio Macri al llamado “sillón de Rivadavia” ha conmocionado (y desconcertado) a toda la militancia del campo popular.

No es para menos. El macrismo constituye la expresión más acabada de esa derecha liberal-conservadora y proimperialista que en 2001 huyó perseguida por el grito “que se vayan todos” pero que terminó quedándose. El macrismo se inscribe en la tradición político-ideológica que tuvo en Alvaro Alsogaray y en Domingo Cavallo a sus más notorios representantes en el siglo XX. Pero es algo peor todavía: por un lado, está férreamente articulado a las trasnacionales del neoliberalismo; por otro, interpela directamente a nutridas franjas de la pequeña burguesía a partir del discurso de la antipolítica en su versión más despolitizada. No sin razón, el propio Macri reclamó a la embajada norteamericana mayor atención y apoyo con un argumento irrefutable: “somos la primera fuerza pro-mercado en condiciones de llegar al gobierno por medios electorales”.

El macrismo no es un mero rejunte de desprestigiados politiqueros gorilas y conservadores, ni tampoco es un armado “artesanal”. Es una construcción sólida, moderna, diseñada con el concurso de profesionales y expertos dispuestos a vender su alma al diablo a cambio de un cachet suculento.

De lo anterior se desprenden dos conclusiones: una conceptual y la otra operativa. Conceptualmente, no alcanza con comparar el perfil ideológico-político de Macri con el de Scioli para advertir la real significación del macrismo. Las fuerzas económico-sociales en que un candidato se apoya establecen las “condiciones de posibilidad” que determinan desde donde y hasta donde ese candidato puede moverse. Con el sostén de la burguesía agraria e industrial, del capital financiero trasnacionalizado, de los monopolios de prensa y de la corporación judicial, y con el voto del sujeto social construido en la esfera de los aparatos ideológicos por esa rosca dominante (básicamente, la pequeña-burguesía de las ciudades portuarias), Macri podrá extender al máximo su horizonte a la derecha y restringir al mínimo su horizonte a la izquierda. ¿Qué otra cosa significa, si no, la insistencia de sus economistas en la reducción del gasto público, en la devaluación de la moneda y en el endeudamiento con los organismos financieros internacionales? Respaldándose en las clases dominantes y con el voto de las clases medias (inclusive de sectores pauperizados), el macrismo tendrá vía libre para aplicar su programa de shock, que descargará sus efectos sobre el pobrerío y será inexorablemente acompañado de represión policial.

En tanto sujeto individual, Daniel Scioli no es muy diferente de Macri: una celebrity inventada por el menemismo con el objeto de explotar el atraso ideológico de las franjas mayoritarias y despolitizadas de las grandes masas. En tanto individuo, Scioli no es menos reaccionario que Macri, y hasta puede suponerse que se encontraría más cómodo en el espacio político de su contrincante que en aquel en el que la vida lo ha colocado. Pero lo cierto es que está donde está: al frente de un conjunto de fuerzas políticas y sociales que no sin limitaciones y contradicciones busca construir una muralla defensiva contra la voracidad sin límites del capitalismo trasnacionalizado. No se trata, desde luego, de un frente nacional antiimperialista o movimiento nacional, como sostienen algunos compañeros que repiten viejas verdades en vez de recrearlas,  puesto que esos frentes o movimientos no constituyen “entidades fácticas” existentes en todo tiempo y lugar y de una vez para siempre,  sino que son configuraciones transitorias de la lucha de clases, emergentes en circunstancias muy específicas. Sin embargo, las diferencias cualitativas entre el bloque político-social macrista y el que se referencia electoralmente en Scioli no pasan inadvertidas para nadie que haya vivido en el país en los últimos años.

También Scioli  encuentra su voluntad acotada por esas “condiciones de posibilidad” que establece la naturaleza del conjunto de fuerzas en que se apoya. A esta altura ya nadie cree que Scioli vaya a “ir por todo”, como desearían los militantes del “nunca menos”, inevitablemente condenados a la frustración. La pregunta es más modesta: si podrá mantener en pie algunos logros de estos años y resistir la ofensiva de la Derecha que abarca a toda América Latina. Aun quienes estén dispuestos a dar una respuesta negativa a estas preguntas deberán reconocer que ellas ni siquiera se plantean a su contrincante. Y esta es la diferencia entre uno y otro, entre el macrismo y el sciolismo, que no desaparecen ante la trivial observación de que ambos son “candidatos capitalistas”, como dice la ultraizquierda con el tono de quien cree haber descubierto la pólvora.

Desde el punto de vista operativo, la conclusión es que  no resulta indiferente para el devenir de la lucha de clases y para los intereses de las mayorías explotadas y oprimidas la victoria de uno u otro contrincante en el balotaje. Tanto si gana Scioli como si gana Macri, el campo popular y nacional experimentará un duro golpe en la esfera material y en la simbólica. Pero el golpe será mayor -¡qué duda cabe!- si el que gana es Macri. Si con Scioli hay que esperar un retroceso más o menos ordenado hacia la etapa “pre-2001”, con Macri el peligro es el de una estampida caótica: ¿cómo explicar que tras 12 años de “proyecto nacional y popular” y de tantos presuntos logros, con “el voto de la gente” llegue a la Casa Rosada el principal enemigo de ese proyecto y de esos logros? ¿Cómo seguir caracterizando de “acierto táctico” la designación del peor de los candidatos posibles, que no ha servido siquiera para ganarle una elección a un rival que no disfraza su naturaleza antiobrera, antipopular y antinacional? Porque, en definitiva, ¿no sería el triunfo de Macri la prueba final e irrefutable del triunfo de la Derecha en la batalla cultural librada en estos años?

No se puede avanzar retrocediendo, advirtió Socialismo Latinoamericano-Izquierda Nacional en su pronunciamiento sobre la primera vuelta electoral. La dinámica de la vida política (y de la lucha de clases) determina que quien no se atreve a avanzar, retrocede; y que quien quiere retroceder un poco, termina retrocediendo mucho. Scioli es el “retroceso controlado” que imaginó Cristina una vez que renunció a imponer su reelección por medios extralegales, es decir apelando a la movilización de las masas populares. Es el “retroceso ordenado” de un kirchnerismo sin recambio dirigencial y que resultaba del agrado de las corporaciones, de Clarín y de los Buitres. Macri, en cambio, encarna el “sálvese quien pueda” en el seno de los sectores populares, y es la opción preferida de las clases dominantes. La victoria de Macri tendrá efectos demoledores sobre el kirchnerismo. Pero los tendrá, también, sobre el movimiento popular en su conjunto, que deberá recomponer una dirección en condiciones de derrota y de orfandad polìtica.

Por las razones expuestas, votaremos por Scioli el domingo 22 y nos sumaremos a la lucha contra quien resulte vencedor a partir del día lunes 23. Si no nos convertimos en kirchneristas en estos doce años, manteniendo en cambio nuestra identidad socialista y de Izquierda Nacional, menos todavía nos convertiremos en sciolistas en caso de una eventual victoria del paradójico candidato “oficialista”.

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