El 17 de octubre de la burguesía agraria

UNA RESPUESTA A DANIEL GONZÁLEZ, UN EX COMPAÑERO CONVERTIDO EN VOCERO DE LA PATRONAL AGRARIA

Gustavo Cangiano •

He leído el documento distribuido por Daniel González, cuyo título es “Anotaciones sobre los cambios en el agro argentino (De Anchorena a Grobocopatel)”.

Si González fuera un economista que asesora a Macri, a De Narváez o a Carrió; si fuera un periodista económico de Clarín o de La Nación, o si estuviera contratado por la Sociedad Rural, entonces yo no tendría nada que decir. ¡Pero Daniel González perteneció al FIP y al MPL! Esto significa que en algún tiempo, por lo visto demasiado lejano –no sólo cronológica sino existencialmente– González debió haber defendido las banderas antiimperialistas y socialistas de la Izquierda Nacional. ¿Ha sobrevivido algo de esa defensa?

Veamos cómo empieza el texto de González: “Por su extensión, su impacto y sus consecuencias sobre la política argentina, la rebelión agraria (de 2008) puede compararse con el 17 de Octubre de 1945”.

Para la Izquierda Nacional, el 17 de Octubre significó la inauguración de una nueva época en la historia argentina contemporánea. Quedó plasmado en aquella jornada simbólica un Frente Nacional y Antiimperialista bajo cuya jefatura bonapartista se encolumnaban la clase obrera, las fuerzas armadas y sectores subalternos de la pequeña burguesía y la débil burguesía nacional. Es por esta razón que la Izquierda Nacional ha hecho suya la bandera del 17 de Octubre. Pero como la Izquierda Nacional nunca ha sido “la izquierda del peronismo” (como parecen creer Norberto Galasso y otros que han pasado a girar en su órbita desde que los Kirchner son gobierno), sino una izquierda socialista y revolucionaria política, ideológica y organizativamente autónoma (como tantas veces lo han repetido Ramos, Rivera, Spilimbergo, Blas y demás compañeros “fundadores”), por esa razón precisamente, a la bandera del 17 de Octubre la Izquierda Nacional le ha añadido las banderas del Cordobazo, que planteó por primera vez en la práctica la perspectiva de la dirección obrera del Frente Nacional, y la bandera de Malvinas, cuando en la batalla contra el imperialismo británico reflotó con fuerza el espíritu sanmartiniano y bolivariano en toda la Patria Grande.

El 17 de Octubre, el Cordobazo y Malvinas sintetizan, de algún modo, la identidad político-ideológica de nuestra corriente. Resulta que ahora un compañero salido de nuestras filas (y nunca más adecuada la palabra “salido”) propone sumarle a esas banderas (o mejor dicho sólo a la primera de ellas, puesto que de las otras parece haberse olvidado definitivamente)… ¡la bandera de la “rebelión agraria” de 2008!

¿No es disparatado?

Como González sabe en lo más íntimo de su ser que la homologación entre “la rebelión agraria” y el 17 de Octubre exige efectuar algunas consideraciones sobre quiénes fueron sus respectivos animadores, escribe preventivamente: “Esta vez, claro está, los protagonistas fueron distintos”. ¡Pero cómo homologar dos fenómenos políticos si sus protagonistas fueron distintos! El contenido de clase de un fenómeno político –perdón, González, por tener que recurrir a un sistema conceptual que obviamente ya no es el suyo– está determinado, en primera instancia, por la naturaleza de sus protagonistas. Si los protagonistas “son distintos”, la homologación pierde sentido, a no ser que en las nuevas condiciones estos protagonistas “distintos” desempeñen un papel semejante al de los “viejos” protagonistas. ¿Pero qué nos dice González al respecto? Veamos: “(la rebelión agraria de 2008) se trataba de un vasto conglomerado agrario de pequeños, medianos y grandes propietarios y arrendatarios, al que se sumaron también los peones rurales, los trabajadores y empresarios de las múltiples industrias y comercios vinculados al sector agrario (fabricantes de maquinarias e implementos para el agro, comerciantes de semillas, fertilizantes, etc.) y anchas franjas de los pobladores de las ciudades y pueblos del interior del país”.

Los protagonistas del frente de clases de 1945 eran, en lo sustancial, los sectores subalternos de la sociedad semicolonial –el proletariado en primer lugar–, que irrumpían en la escena política justamente para cuestionar ese orden semicolonial. ¿Fueron los sectores subalternos de la sociedad semicolonial actual los que irrumpieron en la “rebelión agraria” con el mismo propósito subversivo?

Según González, hubo tres categorías de “protagonistas”:

  •  “Un vasto conglomerado de pequeños, medianos y grandes propietarios y arrendatarios”.
    Las palabras “pequeños” y “arrendatarios” parecieran otorgar cierto tufillo plebeyo a este “vasto conglomerado” que de otro modo sería absolutamente patronal, capitalista e inmerecedor de toda comparación con el 17 de Octubre. Pero el propio González nos dice en su texto, sin necesidad de recurrir al cretinismo stalinista y morenista que llevó al PCR y al MST a ver “campesinos” donde no los había, que “la relación entre propietarios y arrendatarios ha cambiado en forma sustancial. Crecientemente son los pequeños propietarios los que arriendan en beneficio de arrendatarios que, a la vez, suelen ser también propietarios pero que, en conjunto, gestionan superficies muy superiores a las que poseen”. El origen de este cambio estaría en la década menemista, que González reivindica: “un análisis ideologizado de los cambios en el agro, lindante con el prejuicio, asocia los avances de la libertad de mercados de esos años –se refiere a los noventa– con el desplazamiento del chacarero tradicional, al que se idealiza, y su reemplazo por los nuevos empresarios agrarios, presuntamente carentes de ‘sentimiento’ hacia la tierra, mero producto circunstancial del neoliberalismo”. Gonzalez festeja que “el viejo chacarero que vivía en el campo con su familia” haya desaparecido y que “el sulky fue(ra) reemplazado por la camioneta 4×4, y los nuevos productores que se manejan con celulares, internet, correos electrónicos y GPS”. Agrega: “Hacía falta una nueva generación de productores con una nueva mentalidad empresaria”.
    Es decir: los “pequeños” y los “arrendatarios” de este “vasto conglomerado”, surgidos del modelo menemista, no tienen nada que ver con el “viejo chacarero”. Son “productores con mentalidad empresaria” que se desplazan en lujosas 4×4. Más que con el 17 de Octubre, parecen emparentados con el 16 de Setiembre (de 1955).

Pero veamos el resto de los “protagonistas” mencionados por González:

  •  “Trabajadores y empresarios vinculados al sector agrario: fabricantes de maquinarias, comerciantes de semillas, fertilizantes, etc.”
    Que con la “rebelión agraria” se alinearon los grandes grupos económicos “fabricantes de maquinarias” y “comerciantes de fertilizantes” no es una novedad para nadie. Ruidosa o silenciosamente, todas las fracciones de la burguesía trasnacionalizada simpatizaron con la Sociedad Rural y sus aliados del “campo”. Pero lo que sí resulta novedoso es pretender que estos protagonistas, que fueron los grandes ganadores de la reconversión regresiva de la estructura productiva en los noventa, guarden algún parentezco con los obreros que se “lavaron las patas” en las fuentes de la Plaza de Mayo en 1945, o con los “bolicheros” representados por Miranda a partir de 1946.
    ¿Y los trabajadores mencionados por González? Nadie los vio. ¿Se refiere a los peones rurales? Sería interesante que González nos dijera en qué momento el millón de obreros rurales salió a manifestar en la “rebelión agraria”, porque la verdad es que no existe registro alguno de que ello haya sucedido.

Pero veamos ahora cuál es la tercera categoría de “protagonistas” que ha tenido el “17 de Octubre del siglo XXI” del que nos habla González:

  •  “Anchas franjas de los pobladores de las ciudades y pueblos del interior”.
    Hubo dos grandes manifestaciones de los “pobladores de las ciudades” que se solidarizaron con “el campo”: una, en Rosario, frente al Monumento de la Bandera; otra, en Buenos Aires, frente al Monumento a los Españoles. ¿Participó González en ellas? Si así fuera, ¿puede decirnos qué vio esa mirada suya que alguna vez fue de izquierda nacional? ¿Puede decirnos quiénes eran esos “pobladores”? Lo diremos nosotros: la pequeña burguesía próspera de las ciudades-puerto. La que llenó la Plaza de Mayo en 1955 y la que avaló el golpe de Videla en 1976; la que festejó el triunfo de Alfonsín en 1983 al grito de “paredón a los negritos que votaron a Perón”. No faltaron, tampoco, representantes políticos e ideológicos de esa clase media antiobrera y antinacional: Carrió, los radicales, el duhalde-menemismo, los grandes periodistas de los grandes monopolios mediáticos. En suma: todo el medio pelo y toda la colonización pedagógica, como decía Jauretche, avivando, exultantes de gorilismo, a los oradores de la “mesa de enlace” cuando protestaban por el “estatismo”, el “montonerismo” y el “chavismo” de un gobierno que tímidamente se atrevía a quedarse con parte de la renta agraria y que de ese modo recortaba las extraordinarias ganancias que la conjunción entre la situación internacional favorable y la coyuntura política local podía proporcionarles.

En otro nivel de lectura, el texto de González no habla de la “rebelión agraria”, sino de sí mismo. Es una “racionalización” (como decía Freud refiriéndose a los discursos elaborados a posteriori para justificar conductas que tienen motivos inconfesables) de su definitivo abandono del socialismo de la Izquierda Nacional y su conversión al neoliberalismo más reaccionario.

Empieza describiendo el “viejo paradigma ideológico” nacionalista según el cual una oligarquía latifundista en sociedad con el imperialismo extranjero condenaba a la Argentina al papel de abastecedora de materias primas de las metrópolis industriales. Dice González: “Cabe preguntarse si casi setenta años después este paradigma ideológico conserva aún una lozanía que le conceda validez para interpretar la realidad política argentina actual, completamente distinta a la de aquellos años de posguerra”. La respuesta es contundente: “(ese paradigma) se ha transformado en una cáscara vacía de contenido, en un prejuicio que entorpece todo intento de comprensión de la realidad actual, con el pretexto de sostener ‘las viejas banderas de la revolución’ “.

Para disfrazar su claudicación de “aggiornamiento”, su penosa ruptura con la Izquierda Nacional de continuidad con ella, González cita en su auxilio a Jorge Abelardo Ramos. Y lo cita dos veces: primero, en Historia de la Nación Latinoamericana, una obra de gran envergadura, teóricamente fundante de la Izquierda Nacional, en la que Ramos denunciaba a las roscas oligárquicas que gobernaban América Latina. Después cita un discurso de ocasión pronunciado en 1994 (¡es decir, en plena degeneración político-moral que lo llevó a dar su apoyo a Menem y a Cavallo!), donde Ramos habría concluido que la división catastral de los grandes latifundios de la Pampa húmeda entre los diferentes herederos de una misma familia habría desmentido la tendencia mundial del capitalismo hacia la concentración económica, cosa que por supuesto no ha sucedido ni podría suceder. Pero si González es capaz de confundir a los obreros del 17 de Octubre con los “productores” de la “mesa de enlace”, ¿cómo no va a confundir al Ramos vigoroso, socialista y revolucionario de 1968 con el Ramos decadente de 1994?

González no sólo recurre a Ramos a la hora de intentar conjurar esos fantasmas interiores que siempre arruinan la paz interior de los conversos. Afirma que fue el “discurso cepaliano” el que echó a correr el paradigma que hoy convoca a abandonar: “El pueblo de un lado, la oligarquía del otro. El esquema no podía ser más atractivo”, dice. Y no por casualidad dice “atractivo”; no dice “correcto”. En cualquier caso, concluye nuestro ex compañero: “la existencia de un sistema predominante de latifundistas ha sucumbido con el paso del tiempo (…) De ese mundo agrario ya no queda casi nada (…) Los productores agropecuarios, lejos de aquella imagen despreocupada e indolente del latifundista insensible al nivel de precios de sus productos y mezquino al momento de invertir, han desarrollado e implementado cambios decisivos en la producción agraria nacional, posicionándose entre los más eficientes del mundo en la materia. Han hecho aquello que se espera de un empresario capitalista: arriesgar el capital, invertir, tornar eficiente su producción, producir cada vez más para ganar cada vez más (…) Ahora todo ha cambiado”.

Sí, “todo ha cambiado”. ¡González mismo ha cambiado! ¡Y cuánto ha cambiado! ¡Está irreconocible! Si la patronal agraria ha hecho “lo que se espera de ella”, como constata complacido este nuevo ideólogo a su servicio, ¿ha hecho González lo que se espera de alguien que transitó por las filas de la Izquierda Nacional? ¡Claro que no!

Veamos cómo explica el enfrentamiento entre el kirchnerismo y “el campo”: “No hubiera sido muy difícil negociar con el sector, establecer criterios más moderados de tributación. Pero el gobierno, conforme a su estilo y víctima de una ideologización del conflicto que lo alejó de la realidad, eligió el camino de la confrontación”.

¿Será este Daniel González el Daniel González que militó en la Izquierda Nacional? ¿O será un sosías surgido de las filas de PRO o del “peronismo federal”? Resulta que en el conflicto entre un Estado nacional, que en condiciones normales expresa los intereses generales de las clases dominantes, y, por otro lado, una de las fracciones de esas clases que defiende sus intereses particulares, González ve… ¡”la ideologización” del conflicto por parte del gobierno, que determinó que eligiera –¡qué horror!– “el camino de la confrontación”! Para avalar esta explicación “psicologista”, antimaterialista (y gorila, digamos de paso), González añade: “¿Cuál era la cuestión que desencadenó el conflicto? ¿Las retenciones al agro?” Uno está tentado de decir que sí, que obvio… Pero González, con una perspicacia que nos desconcierta, se apresura: “No. El problema que se discutía, al menos desde el agro, era el quantum de las retenciones, su nivel, que los productores consideraban excesivo. Ninguna de las entidades agropecuarias planteaba la eliminación de las retenciones, sino que cuestionaban su elevado nivel”.

¿Será que González es o se hace? Seamos piadosos y consideremos que es, o sea, que tiene buena fe, y por lo tanto armémonos de paciencia para responder lo obvio: lo que se discutía era el destino de la renta agraria. ¿El grueso de esa renta debía quedar en manos de los eufemísticamente denominados “productores”? ¿O debía el Estado nacional apropiarse de una parte sustantiva de ella para derivarla hacia donde su propio programa lo indicara y su naturaleza de clase lo permitiera? Si el conflicto se hubiera limitado al “quantum”, no habría tenido la intensidad que tuvo: no habría movilizado fuerzas políticas y sociales en una u otra dirección, hasta el punto de que el propio González encontró una reedición del 17 de Octubre en la “rebelión agraria”. Ningún 17 de Octubre puede ser creado o evitado a partir de encontrar el justo “quantum” (de impuesto a la exportación, de aumento salarial o de lo que sea). Responde a antagonismos estructurales que maduraron y eclosionaron sin que resulte posible conjurarlos por mero voluntarismo.

Por lo demás, que en el conflicto entre “el campo” y el gobierno había mucho más que una mera disputa por unos pocos puntos hacia arriba o hacia abajo en las retenciones, que había “cosmovisiones” opuestas en juego, más allá de los discursos tácticamente calculados de los dirigentes de la “mesa de enlace” para ocultar su codicia de clase y más allá de la cobardía intrínseca a un gobierno pequeñoburgués incapaz de enfrentar a fondo los intereses dominantes recurriendo a las masas, que había mucho más en juego que un mero “quantum”, lo demuestra el final del texto de González. Ahí, las palabras elegidas por el autor hablan con la misma fuerza, por su valor connotativo, que las ideas que esas palabras vehiculizan.

Dice González: “El campo se siente con fuerza como para replantear, al conjunto de la sociedad argentina, su lugar en la economía y la política nacionales. Ese y no otro es el significado último de la rebelión de los productores” (¿no era un mero “quantum”?). Y continúa para nuestro asombro: “Agredir al agro, horadar su capacidad productiva, transformarlo en enemigo del interés nacional, sólo puede traer consecuencias perniciosas para el conjunto de la economía nacional, además de agrietar la relación entre los argentinos (…). Considerar al sector como enemigo de la patria no ayuda a la construcción de una nación sólida y desarrollada”. Por tal razón, habría sido un error del “oficialismo, ayudado por la prensa oficialista, más los movimientos sociales alimentados por el erario público, intentar reeditar la dicotomía de los cuarenta: de un lado el pueblo empobrecido, del otro la oligarquía ávida de consumos suntuarios y acumulación voraz de la riqueza”.

A diferencia de González y de toda la derecha antiobrera y antinacional, que se coloca del lado de la patronal agraria para criticar al gobierno por su apoyo a “los movimientos sociales alimentados por el erario público” (está hablando de los movimientos piqueteros, de los desocupados, de las principales víctimas del “genocidio social” de los noventa que enriqueció a los “productores” agrarios), nosotros, los socialistas de la Izquierda Nacional, criticamos al kirchnerismo por otras razones. No lo criticamos por haber recortado las ganancias de la burguesía agraria con tímidas medidas impositivas. Lo criticamos por su incapacidad estructuralmente determinada de hacer del Estado el “actor hegemónico” en “el campo”, desplazando a la rosca de los pooles, de las exportadoras, del capital financiero invertido en el negocio de la soja. Lo criticamos, en suma, por su negativa a hacer una revolución agraria, a nacionalizar el comercio exterior y a movilizar al pobrerío de la ciudad y el campo en defensa de una política de liberación nacional y emancipación social.

González está en la barricada de enfrente.

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