A 74 años de la muerte de José Antonio Primo de Rivera

A la manera de los fascistas en Italia o de los nazis en Alemania, los falangistas actuaban como “la revolución contra la revolución”, es decir, como una organización de masas (pequeñoburguesas y desclasadas) lanzada contra las organizaciones de masas (sindicatos obreros, partidos de izquierda, intelectualidad progresista, etc.). Actuaban, en suma, como un movimiento de masas contrarrevolucionario. Pero un movimiento de masas contrarrevolucionario alberga una contradicción explosiva que lo condena a perecer. Esto es lo que le sucedió a la Falange, que a través de una serie de fusiones y reagrupamientos terminó siendo absorbida por la derecha que la había usado para que “le sacara las castañas del fuego”, como tan bien percibió el propio José Antonio.

 

Gustavo Cangiano •

El 20 de noviembre de 1936, tras su juzgamientoprimoderivera por un tribunal popular en la ciudad de Alicante, fue ejecutado el marqués José Antonio Primo de Rivera, hijo del dictador que había gobernado España unos años antes y Jefe Supremo (tras la expulsión de Ramiro Ledesma Ramos) de Falange Española de las JONS. José Antonio se convirtió desde entonces en bandera de todas las agrupaciones nacionalistas católicas en Argentina y en otros lugares (desde luego, principalmente en España). Sin embargo, su tragedia, y la de Falange, deberían hacer reflexionar a quienes pretenden ser sus discípulos.

¿Una falange de izquierda?

Muchos años atrás, en 1973, el falangista español Manuel Cantarero del Castillo publicaba el libro Falange y socialismo, cuya tesis central podía sorprender a más de un lector: José Antonio y Falange eran presentados como exponentes del campo revolucionario, y no del campo conservador; de la izquierda, y no de la derecha; del catolicismo social que advendría con el Concilio Vaticano II, y no del catolicismo integrista (del estilo de los cavernícolas de “Cabildo”); del socialismo, y no del capitalismo. Escribía Cantarero: “Presento una Falange de izquierdas. Quien se propusiera presentar una Falange de derechas no podría, con seguridad, aportar un testimonio textual, extraído de los escritos y palabras de los fundadores mismos, ni siquiera aproximado, en dimensión cuantitativa y en intensidad cualitativa, al aportado por mí”. Las citas presuntamente probatorias de la tesis de Cantarero abundaban en el libro. Por ejemplo, en 1934 José Antonio hizo explícito: “yo no soy de derechas, como la gente cree, en absoluto”. El cancionero de las juventudes falangistas decía: “¡Viva la Revolución!/¡Viva Falange de las JONS!/¡Fuera el capital!/¡Viva el Estado Sindical!”. El programa de Falange, incluso, se pronunciaba abiertamente en favor de la reforma agraria, de la nacionalización de la Banca y de los servicios públicos.

Sin embargo, todas esas citas no sirven para probar la tesis de una Falange perteneciente al campo de la izquierda o de las masas explotadas. No porque sean falsas, sino porque carecen de lo que algunos especialistas llaman “relevancia explicativa”, es decir, carecen de pertinencia. Lo que determina la naturaleza de una organización política, principalmente, no es su discurso, sino las clases y sectores sociales en que esa organización ha encarnado. Más importante que preguntarse qué pensaba José Antonio, es preguntarse qué intereses sociales vehiculizaron los falangistas en los años treinta, cuando la agudización de los antagonismos de clase en España dio lugar a la emergencia de una situación revolucionaria. ¿De qué lado se ubicó Falange? ¿Del lado de quienes aspiraban a una revolución social que privilegiara los intereses de las masas más sumergidas? ¿O del lado de las clases dominantes decididas a defender a sangre y fuego sus propios intereses?

¿Con la revolución o con la contrarrevolución?

La respuesta la proporciona el mismo José Antonio. Decía en 1934: “Otros nos suponen reaccionarios porque tienen la vaga esperanza de que mientras ellos murmuran en los casinos y echan de menos privilegios que en parte se les han venido abajo, nosotros vamos a ser los guardias de asalto de la reacción y vamos a sacarles las castañas del fuego”. En enero de 1936 advertía a la derecha disfrazada de “nacionalista”: “¡Mucho cuidado con invocar el nombre de España para defender unos cuantos negocios, como los intereses de los bancos o los dividendos de las grandes empresas”. En otra oportunidad, ese mismo año, decía: “La política de las derechas respecto a mi partido ha sido siempre la misma: querer aprovechar el brío combatiente de mis muchachos. Esta es la clave. Por eso de cuando en cuando a mis muchachos les buscaban la gracia. Eso sí, querían impedir a toda costa, pero que a toda costa, que a estos muchachos los dirigiera yo. ¿Por qué? Porque dicen que estas cosas que yo decía de la tierra y demás eran señuelos que yo utilizaba para atraer a las clases obreras”.

En realidad, a la burguesía de Bilbao, que financiaba generosamente a los grupos de choque falangistas que en la calle enfrentaban a la clase obrera y a la izquierda, no les preocupaba demasiado el discurso “social” y “revolucionario” de José Antonio y de Ramiro de Ledesma. Ya llegaría el momento de ajustar las cuentas con ellos. Entretanto, en los momentos decisivos, como durante las huelgas obreras de 1934 en Asturias, los falangistas participaban conjuntamente con la policía en las tareas represivas. Y eso era lo que valía. Eran agentes del viejo orden, más que parteros de un orden nuevo. En 1936 organizaron con los militares derechistas el levantamiento contra la República. A la manera de los fascistas en Italia o de los nazis en Alemania, los falangistas actuaban como “la revolución contra la revolución”, es decir, como una organización de masas (pequeñoburguesas y desclasadas) lanzada contra las organizaciones de masas (sindicatos obreros, partidos de izquierda, intelectualidad progresista, etc.). Actuaban, en suma, como un movimiento de masas contrarrevolucionario. Pero un movimiento de masas contrarrevolucionario alberga una contradicción explosiva que lo condena a perecer. Esto es lo que le sucedió a la Falange, que a través de una serie de fusiones y reagrupamientos terminó siendo absorbida por la derecha que la había usado para que “le sacara las castañas del fuego”, como tan bien percibió el propio José Antonio.

El franquismo devoró a la Falange: la segunda muerte de José Antonio

En 1931 Ramiro Ledesma había fundado las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS). Se trataba de una organización de composición plebeya y con un programa anticapitalista y radicalizado. En 1934 el grupo se fusiona con la Falange que José Antonio había fundado un año antes: nacía Falange Española de las JONS, con la jefatura compartida entre José Antonio y Ramiro Ledesma. El “ala izquierda” de las JONS se apartó, disgustada por un acuerdo que licuaba su perfil revolucionario. En 1935 Ledesma es expulsado y José Antonio se convierte en el Jefe Supremo. Las JONS quedan absorbidas por Falange. Pero un año después, en 1936, el propio José Antonio es eliminado. A esta altura, FE de las JONS se convirtió en el partido de masas que el franquismo necesitaba para disimular su carácter reaccionario y oligárquico. En 1937 FE de las JONS se unifica con Comunión Tradicionalista, expresión monárquica conservadora. Nace Falange Española Tradicionalista de las JONS. Poco y nada quedaba del espíritu originario de Falange y de las JONS. Franco detiene a Hedilla, el sucesor de José Antonio, y coloca a los falangistas dentro del “movimiento nacional” por él conducido. A comienzos de los años sesenta, sin pena y sin gloria, el falangismo desaparece legalmente y los cuadros procedentes del Opus Dei (de la derecha católica tecnocrática) gobiernan al lado del Generalísimo. Por esta época, un sobreviviente de la Falange originaria ensayaba un ejercicio retórico preguntando a José Antonio si “está contento con nosotros”. Y respondía lo siguiente: “Yo creo que no. Y yo creo que no porque te levantaste contra la materia y el egoísmo y hoy los hombres han olvidado la sublimidad de tus palabras, para correr como locos sedientos por el camino del egoísmo y de la materia. Porque despreciaste el dinero y los hombres buscan el dinero; y el negocio se impone al deber, y el hermano vende al hermano, y se especula con el hambre del humilde y con las dificultades de la Patria. Porque los hombres confunden tu lema de ser mejor con el de estar mejor. José Antonio, tú no estás contento de nosotros. Tú nos tienes que mirar desde tu sitio, desde tu 20 de noviembre, con profundo sentido del desprecio y la melancolía. Tú no puedes estar contento con esta vida mediocre y sensual”.

Pero José Antonio no era inocente del destino trágico de la Falange. No advirtió (y si lo advirtió no hizo nada por evitarlo) que su programa “revolucionario” no era nada si en vez de encarnarse en las fuerzas sociales y políticas que enfrentaban al capitalismo, se encarnaba en las que lo defendían. Obsesionado por lo que consideraba una inminente victoria del comunismo sobre el capitalismo, se puso al servicio de este último. Fue usado por la gran burguesía y arrojado como un limón exprimido una vez que su tarea estuvo realizada. Si el Tribunal de Alicante no hubiera ejecutado a José Antonio, lo habría hecho Franco unos años después. Esta es la tragedia inmensa no sólo suya y de de los falangistas, sino de todos los que se proclaman “revolucionarios de derecha”.

 

Deja una Respuesta

Tu correo electronico no será publicado.